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TRES MANERAS DE VER – LA CENA DEL SEÑORUn sermón escrito por Dr. R. L. Hymers, Jr., Pastor Emérito I Corintios 11:23-28; p. 1222 Scofield |
La Cena del Señor es una de las dos ordenanzas que Cristo dio a la iglesia local. La palabra “ordenanza” significa “aquello que es ordenado o mandado.” Cristo nos mandó bautizarnos y, posteriormente, nos mandó participar de la Cena del Señor. Por lo tanto, el bautismo y la Cena del Señor son las dos ordenanzas que Cristo dio a la iglesia.
En la Cena del Señor, participamos del pan y de la copa. En el bautismo, somos sumergidos en el agua y sacados de ella. El requisito para ambas ordenanzas es que la persona debe, ante todo, haberse convertido a Cristo. Luego, tras la conversión, debe ser bautizada, manifestando externamente que está unida a Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. Es sumergida en el agua, tal como Cristo fue puesto en la tumba; es sacada del agua, tal como Cristo fue levantado de entre los muertos. Así pues, el bautismo es el signo externo de la experiencia interna de conocer a Cristo en su muerte, sepultura y resurrección.
Luego, una vez que la persona ha sido bautizada, él debe participar regularmente de la Cena del Señor. La Cena del Señor, al igual que el bautismo, apunta al evangelio de Cristo. El pan nos recuerda que su cuerpo fue quebrantado para expiar nuestros pecados en la Cruz. La copa nos recuerda que su sangre fue derramada para limpiarnos de nuestros pecados. En la Cena del Señor hay dos elementos, lo cual indica que la muerte de Cristo y la sangre de Cristo son dos cosas distintas. El pan proclama su muerte para expiar, es decir, para pagar la pena, por nuestros pecados. La copa proclama su preciosa sangre, la cual nos limpia de todos nuestros pecados.
Ahora bien, hay tres direcciones hacia las que debemos mirar cuando participamos de la Cena del Señor.
I. Primero, debemos volver la mirada hacia Cristo en la Cruz.Fíjense en 1 Corintios 11:24-25. Leamos estos dos versículos en voz alta.
“Y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (I Corintios 11:24-25).
“En memoria de mí.” Cada vez que tomamos la Cena del Señor, es para recordarnos lo que Cristo hizo para salvarnos. El Hijo de Dios, sin pecado, murió en la cruz para pagar la pena por nuestros pecados.
“Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”
(I Corintios 15:3; p. 1225).
El Infierno y el castigo que merecíamos fueron experimentados vicariamente, en nuestro lugar, por Cristo en la Cruz.
“Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”
(Isaías 53:6; p. 732).
Así, el pan nos recuerda su expiación sustitutoria, su cuerpo quebrantado y traspasado por los clavos, para satisfacer el justo juicio de Dios. El pan nos recuerda su cuerpo crucificado. Mira a a la Cruz. Al tomar el pan, debemos volver la mirada en nuestra mente hacia Cristo en la Cruz, muriendo para pagar la pena y el precio de nuestros pecados.
La copa también nos invita a mirar hacia atrás – hacia la Sangre que brotó de Su cuerpo herido. La copa no es lo mismo que el pan. Y, por tanto, la muerte del cuerpo de Cristo no fue lo mismo que la Sangre que brotó. Y la función de la Sangre no es la misma que la de la muerte de Su cuerpo. La muerte de Su cuerpo expió nuestros pecados. Pero Su Sangre fue derramada para la limpieza de nuestros pecados. La Biblia dice,
“la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”
(I Juan 1:7; p. 1277).
Y así, el pan debe llevarnos a mirar hacia atrás, a Su cuerpo, colgando en la Cruz para pagar por nuestros pecados. La copa debe llevarnos a mirar hacia atrás, a la Sangre que fue derramada allí para nuestra purificación del pecado.
“Haced esto en memoria de mí” (I Corintios 11:24),
cuando tomamos el pan.
“Haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”
(I Corintios 11:25),
cuando tomamos la copa.
Así pues, cuando tomamos el pan y la copa, debemos volver la mirada en nuestra mente hacia Cristo en la cruz. Pero hay otro lugar hacia donde debemos mirar cuando participamos de la Cena del Señor.
II. Segundo, debemos mirar hacia nuestro interior.Leamos I Corintios 11:28 en voz alta.
“Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (I Corintios 11:28).
Cuando llegamos a la Cena del Señor debemos examinarnos a nosotros mismos, para ver si Cristo nos ha salvado o no. Spurgeon dijo que deberíamos
Asumid la responsabilidad sobre vosotros mismos, cada uno de vosotros...Se os exhorta a examinaros, a fin de que os invada la abrumadora certeza de que este es vuestro propio acto y obra– de que no estáis aquí porque vino tu madre o tu padre – de que no estáis aquí porque tengáis derecho a venir, ni siquiera en virtud de vuestra pertenencia a la iglesia; sino que estáis aquí cada mujer, cada hombre, cada uno de vosotros, por sí mismo, habiendo escrutado vuestro propio corazón y habiendo pedido a Dios que lo escrute, para discernir si debéis venir o no...no con ligereza, sin reflexión ni cuidado; sino de tal modo que cada comulgante pueda decir, “Yo voy a comer de este pan y a beber de esta copa en memoria de mi amado Señor, a quien verdaderamente amo y en quien confío. No hay burla ni mera formalidad en este acto. Yo vengo con absoluta sinceridad, trayendo conmigo mi corazón; pues he mirado en mi corazón, yo me he examinado a mí mismo y asumo la responsabilidad de decir, ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.’” Así pues, este examen significa que tu debéis acercaros a la mesa [del Señor] con profunda solemnidad...Yo deseo, hermanos y hermanas, que os examinéis a vosotros mismos hasta llegar a esta conclusión, “Sí; no somos perfectos, pero creemos en Jesús...tenemos una humilde esperanza en él...realmente le conocemos y confiamos en él”...entonces tendréis gozo y alegría en vuestra alma; y esta cena será lo que verdaderamente es: no un banquete fúnebre, sino un banquete de deleite para todos los amigos de Cristo. (C. H. Spurgeon, “Examination Before Communion,” [Examen Antes de la Comunión] The Metropolitan Tabernacle Pulpit, [El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano] volume 46, Pilgrim Publications, 1977 reprint, pp. 520, 521, 522).
Pero hay un lugar más al que debemos mirar cuando tomamos la Cena del Señor.
III. Tercero, debemos esperar la Segunda Venida de Cristo.Leamos I Corintios 11:26 en voz alta.
“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (I Corintios 11:26).
¡Cristo viene de nuevo! La Biblia dice,
“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”
(Los Hechos 1:11; p. 1104).
La Cena del Señor no es una mera ceremonia relacionada únicamente con el pasado. No, la Cena apunta a un Cristo vivo, ahora sentado a la diestra de Dios en los cielos, ¡un Salvador que vendrá de nuevo a esta tierra, al mismísimo Monte de los Olivos desde el cual fue llevado al cielo! Como expresó Spurgeon, la Cena del Señor
…está destinada a celebrarse “hasta que él venga.” Debemos seguir reuniéndonos en su mesa, dando gracias, partiendo el pan y proclamando su muerte, hasta que la trompeta del arcángel nos sobresalte; y entonces sentiremos que es verdaderamente una bendición ser hallados recordándolo con obediencia cuando él haga su aparición final. Al venir él hacia nosotros, diremos, “Bendito Maestro, hemos hecho tal como nos mandaste; hemos mantenido viva tu memoria en el mundo, para nosotros mismos y para aquellos que observaban, mientras partíamos el pan y bebíamos de la copa en tu nombre; y ahora nos regocijamos al verte en tu gloria.” (C. H. Spurgeon, “The Right Observance of the Lord’s Supper,” [“La Debida Celebración de la Cena del Señor”] The Metropolitan Tabernacle Pulpit, [El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano] volume 45, Pilgrim Publications, 1977 reprint, p. 426).
¿No sería maravilloso si Jesús viniera a recibirnos para sí mismo justo en el momento en que estuviéramos reunidos en su mesa, obedeciendo su mandato y proclamando su crucifixión y su sangre, a través de la Cena del Señor, “hasta que él venga”? Suceda esto o no, por medio de la Cena del Señor y de la predicación del evangelio, continuemos “proclamando la muerte del Señor hasta que él venga.”
Si tú aún no has venido a Cristo, tú no tienes derecho a acercarte a la mesa del Señor. Primero tú debes venir a Cristo por la fe. Primero tú debes descansar en Cristo. Primero tú debes confiar únicamente en Él. Entonces, habiendo venido a Cristo, serás salvo. Entonces, tú habiendo confiado en Cristo, tendrás el derecho de acercarte a la mesa para participar de la Cena del Señor. Nuestra oración es que tú vengas pronto a Cristo, para que puedas, a su vez, venir con nosotros a la mesa del Señor y celebrar Su cena con toda la iglesia. ¡Que Dios conceda que así sea! Amén.
III. Tercero, debemos esperar la Segunda Venida de Cristo, I Corintios 11:26; Hechos 1:11.