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UN HOMENAJE A MARJORIE CAGAN

por Dr. Christopher L. Cagan

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Noche del Día del Señor, 12 de Mayo, 2019

“Honra a…tu madre” (Éxodo 20:12).


Hoy es el día de la madre. Hoy es un día en el que honramos a nuestras madres y a todas las madres. En pocos minutos las madres se van a otra habitación para un banquete especial y presentación, bellamente preparado por la señora Hymers. Si eres madre aquí hoy, ¡que Dios te bendiga!

Esta noche quiero contarte la historia de mi madre. Nunca lo he dicho aquí antes. Por favor, escuche atentamente. Espero que sea una bendición para ti, y espero que algo que yo diga esta noche te ayude.

Mi madre Marjorie nació en San Francisco en 1926. Sus padres, mis abuelos, eran personas honorables, decentes y cariñosas. El padre de Marjorie trabajo hasta los 75 años. Su madre siempre invitaba a mí y a mi hermano venir y quedarse en su casa por una semana cada verano. Ese fue el punto más alto del año para mí.

Marjorie llevó una buena vida. Ella se comportaba bien. Vivió con sus padres hasta que se casó con mi padre, Leo Cagan, a la edad de 26 años. Ella era diligente en la escuela y el trabajo. Se graduó de la universidad en un tiempo en que no muchas mujeres hicieron eso.

De niña fue a la iglesia los domingos, pero no se convirtió. Sus padres provenían de los orígenes católicos y episcopal, y esa fue su experiencia con la religión. Ella fue a una universidad católica. Marjorie tuvo la idea de que tenía que ser pura sin pecado, porque Dios estaba enojado con ella. Ella no entendía el Evangelio, que Jesucristo había dado su vida y sangre por ella, y todo lo que tenía que hacer era confiar en Él. En su lugar, trato de complacer a un Dios enojado. Ella oró en su habitación, pero nunca encontró la paz.

Cuando ella era mayor, Marjorie renunció de tratar de complacer a Dios. En cambio, se concentró en su vida aquí en la tierra. Dejó de ir a la iglesia por completo. Ella no pensó en Dios o lo que sucede después de la muerte. Se volvió en lo que la gente llama un humanista secular: pensar en esta vida aquí y nada más. Voy a hablar más adelante sobre esto.

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Una madre tiene una tremenda influencia en la vida de su hijo. El Presidente Abraham Lincoln dijo: “todo lo que soy, o espero ser, se lo debo a mi ángel madre”. El ejemplo de una mala madre hace un gran daño a sus hijos. El ejemplo de una buena madre los hace tremendamente buenos. Le contaré sobre el buen ejemplo de mi madre.

Marjorie siempre apoyó a mi padre en los puntos principales de nuestro crecimiento y entrenamiento. Ella no lo contradijo. Ella dijo las mismas cosas que él. Mientras crecía, oí una voz, no dos. Esto fue muy importante, ya que como adulto no me aparté de lo que había aprendido. La Biblia dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. (Proverbios 22:6). Esto no significa que un niño se convierta automáticamente en cristiano si lo traes a la iglesia. Está hablando del carácter de un niño. Si entrena a su hijo para que tenga un buen carácter, y lo disciplina cuando lo necesita, será una persona sólida y confiable cuando crezca. Eso es lo que me pasó.

Primero, mi madre estuvo de acuerdo con mi padre sobre la importancia de la educación. Oí una voz, no dos. Como dije, se graduó de la universidad. Trabajó durante muchos años como administradora en el departamento de matemáticas de la Universidad de Stanford, cerca de donde vivíamos. A veces me condujo a Stanford donde conocí a muchos de los profesores de matemáticas. Después de retirarse fue a las universidades y se sentó en las clases hasta que tenía 80 años. Compró series de conferencias en video y las vio. Hasta que ella murió, estaba leyendo libros.

Ella siempre me animó a leer y aprender. Desde que mi padre tenía un doctorado y enseñaba en Cal State San Francisco, mi familia era muy fuerte en educación y aprendizaje. A menudo hablábamos de la historia, la política y los acontecimientos corrientes. La casa estaba llena de libros y leí casi todos ellos. Mis padres no me dejaban ver más de una hora de televisión cada semana. La mayoría de la gente veía tres o cuatro horas de televisión todas las noches, pero no nosotros. ¡En su lugar, me permitió leer! Más tarde, le agradecí a mis padres por guiarme para que no desperdiciara el tiempo y me mate la mente.

Mi madre aceptó a mi padre que todos sus hijos necesitaban ser profesionales. No nos enseñaron eso. En mi familia era parte de nuestro ADN, parte de nuestra cultura familiar, que hubiéramos avanzado en la educación y conseguir empleos profesionales de alto nivel. Se suponía. Era automático. Era tan natural para nosotros como hablar el idioma inglés. Por eso tengo dos doctorados hoy.

Mi madre estaba de acuerdo con mi padre acerca de estar a tiempo y nunca llegar tarde. Oí una voz, no dos. Mi padre y tenía un reloj en la cabeza. Mi madre me dijo que nunca había sido tarde en su vida. Llegar tarde demostró falta de respeto por la otra persona cuyo tiempo se desperdició. Mi padre y mi madre nunca fueron tarde. Nunca desperdiciaron el tiempo. Y así aprendí a estar a tiempo y a no desperdiciar mis días y horas. Mi madre estuvo de acuerdo con mi padre en esto. Hoy tengo 65 años y mis dos padres son fallecidos. Pero todavía tengo un reloj dentro de mi cabeza. Debido a su ejemplo, pude tomar cinco o seis clases en la universidad y trabajar dos trabajos al mismo tiempo.

Mi madre estaba de acuerdo con mi padre sobre la autodisciplina. Ellos no desperdiciaban el tiempo. Ellos se encararon de su trabajo y obligaciones antes de que se cuiden a sí mismos. Tenían lo que se llama la ética de trabajo puritano. Tengo esa ética de ellos. Mi padre estaba muy enfocado y disciplinado. Es por eso por lo que se fue a Inglaterra en una prestigiosa beca Fulbright cuando tenía 24 años. Por eso trabajaba para las Naciones Unidas cuando acababa de comenzar. Él sabía lo que estaba haciendo, y lo hizo bien. Mi madre no ablandó lo que hizo mi padre. Oí una voz, no dos.

Mis padres nunca me llevaron a la iglesia. No fui ni una vez hasta que tenía 21 años, y luego fui de mi propia decisión. Pero tuve la juventud estricta y disciplinada que los puritanos tenían hace cientos de años. Dios me atrajo a Jesús cuando tenía 23 años. Me volví muy serio y celoso por seguir a Jesús. No había nada más que pudiera hacer. Cuando hice algo, lo hice con todo mi poder. Cuando confié en Jesús, Él era todo para mí. Ser serio acerca de la iglesia era natural para mí. Estaba en mi carácter. Mi padre me entrenó de la manera correcta, y mi madre lo apoyó. Agradezco a Dios por mi madre.

Todas esas cosas que mi madre me dio son importantes, pero no son lo mejor que hizo por mí. Lo mejor que aprendí cuando era joven vino completamente de Marjorie, mi madre. ¿Qué fue eso? Mi madre me hizo una persona sólida, no una rebelde. Me hizo en uno que se queda, no que abandona. Lo hizo por su vida, no por palabras. ¿Cómo sucedió?

A mi padre no siempre le fue fácil llevarse bien. Tenía presión arterial alta. Tenía mal genio. A menudo estaba enojado. Pero mi madre lo aguanto. A veces no fue fácil. Pero ella se quedó a través de todo. A través del ejemplo, a través de la impresión de mi madre, me convertí en uno que se queda y no uno que abandona. No tenía que enseñarme eso. Fue en mi alma, puesto allí por su ejemplo.

Marjorie luego me dijo que una vez pensó en dejar a mi padre. Me alegro mucho de que no lo hizo. Cuando una madre se va, siempre es terrible para los niños. Crecen infelices y confundidos. Todo eso sale más tarde cuando los niños son adultos. A menudo tienen matrimonios rotos. Si una madre se queda o se va tiene una influencia suprema en sus hijos.

Mi madre tenía ganas de dejar a mi padre. Ella pensó en ello. ¡Pero ella no lo hizo! No huyo. Ella sufrió y se quedó, incluso cuando ella era infeliz. Ella se quedó con él y lo amó y lo ayudó hasta que murió. Estuvieron casados por 43 años. No se perdió ni un día.

Ahora escúchame atentamente. Al quedarme, ella me hizo en uno que se quede. Me hizo una persona que no se rindió cuando la vida era dura. Me hizo una persona que no se escapó cuando otros renuncian o cuando me sentí mal. ¡No estaría aquí esta noche hablando contigo si no fuera por mi madre! ¡Ella me hizo lo que soy hoy!

Antes dije que mi madre dejó de ir a la iglesia. Ella no quería a Jesús. Ella no trataba de detenerme de ser cristiano, pero ella no estaba interesada en Jesús por sí misma. No quería hablar de religión. Cada vez que la invité a la iglesia, ella se negó a contestar, o me dio algunas palabras heladas. Una vez dijo, “Creo que no.”

Gracias a Dios que no terminó así. Cuando se hizo mayor se mudó a una casa de ancianos. A la edad de 89 descubrió que tenía cáncer. Tuvo cáncer de etapa 4 en diferentes partes de su cuerpo. Los doctores no pudieron curarla. La hicieron tan cómoda como pudieron, pero se estaba muriendo. Durante ese tiempo Dios suavizó su corazón.

Antes de que Marjorie murió, volé hasta el Norte California para verla por última vez. Hablamos de nuestras vidas. Escuchamos música clásica juntos. Almorzamos juntos. La caminé aquí y allá en su silla de ruedas. Una tarde fuimos a su habitación. Ella tenía un cuidador allí todo el día, pero la señora accedió a salir por un tiempo para que yo pudiera estar con Marjorie sola. Había traído mi computadora portátil conmigo. Allí le mostré su parte de mi video del sermón, “la gran división de las edades – Gracia vs. Obras“. Ese sermón le mostro que no podía ser salvo por tratar de ser bueno. Pero ella podría ser salva por la gracia de Dios en Jesucristo. Después de ver el video, hablé con ella acerca de cómo Jesús la amaba, a pesar de que era una pecadora. Le dije que Jesús murió por ella y que le había derramado la sangre para lavar su pecado. Entonces la guie a Jesús. Ella confió en Jesús entonces, por primera vez en su vida.

Más tarde me dijo otra vez que había confiado en Jesús ese día. Su actitud cambió. Ella era feliz y abierta. Incluso su cara era diferente. ¡Marjorie murió unas semanas más tarde, pero había encontrado la paz en Jesús!

Agradezco a Dios por mi madre. Fue maravilloso lo que hizo por mí. Espero que una madre aquí sea bendecida por este mensaje, y se beneficie del ejemplo de mi madre. Y espero que recuerden que ella confió en Jesús y fue perdonada por su sangre. Que confíe en Jesús pronto. Que Dios te bendiga. Amén.


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(FIN DEL SERMÓN)
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El Solo Cantado Antes del Sermón por el Sr. Jack Ngann:
“El amor de Dios” (por Frederick M. Lehman, 1868-1953).