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LA PREEMINENCIA DE JESÚS

Un sermón escrito por el Dr. R. L. Hymers, Jr.
y predicado por el Sr. John Samuel Cagan
en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Mañana del Día del Señor, 21 de Enero del 2018

“Para que en todo tenga la preeminencia”
(Colosenses 1:18).


Jesús libera a los pecadores del poder de la oscuridad. Jesús los traduce a su Reino. Jesús los redime por Su Sangre. Jesús es la imagen del Dios invisible. Jesús es el primer Padre (John Gill) de toda la creación, el Creador de todas las cosas, visible e invisible, en la tierra y en el Cielo. Jesús es antes de todas las cosas, porque Él las creó a todas, y es más grande que los hombres y los ángeles en su naturaleza, nombres, oficios y obras. Jesús existió antes de Juan el Bautista, Su precursor, antes de Abraham, que vio Su día por fe, antes que el primer hombre, antes de que los ángeles fueran creados, antes de que el universo fuera formado. Jesús es desde siempre y para siempre, “y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17). “Todo el marco de la naturaleza estallaría y se rompería en pedazos, si Él no lo sostuviera” (John Gill). Jesús es el “pegamento” que mantiene unidos a los neutrones y protones de los átomos. Él es el imán que mantiene a los planetas en su curso. Le da al sol su poder, regenera a los hijos perdidos de Adán, y resucita a los muertos en la última trompeta. Todos los asuntos del universo, desde el átomo hasta el cosmos, son gobernados, dirigidos, administrados y mantenidos unidos por Jesucristo, el Hijo de Dios.

“Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia – que los Cristianos de Colosas habrían entendido como su propia iglesia local. Jesús es la cabeza de cada iglesia local. Jim Gent dijo:

Para los primeros Cristianos, la iglesia local era la unidad divinamente ordenada en la tierra a través de la cual Dios eligió trabajar y la única unidad de ese tipo (traducción de Jim Gent, The Local Church: God’s Plan for Planet Earth, Smyrna Publications, 1994, pp. 83-84).

Jesús es la cabeza de cada iglesia local del Nuevo Testamento.

“¿Quién es el principio?” Jesús es eterno. Él es la causa de todos los seres creados. Como Eva vino de Adán, así las iglesias vinieron de Jesús.

“El primogénito de los muertos”. Jesús fue el primero en resucitar de los muertos eternamente. Aunque otros fueron resucitados de entre los muertos antes que Él, Jesús fue el primero en ser resucitado para no morir nunca más, en un cuerpo resucitado.

“Para que en todo tenga la preeminencia”. La palabra Griega traducida como “preeminencia” es “prōteuō”. Significa “ser el primero” (Vine). En este gran pasaje Cristológico, el Apóstol Pablo declara que Jesús es el primero, preeminente; en primer lugar, en todo. “Para que en todo tenga la preeminencia”.

Ahora apliquemos nuestro texto a la conversión.

I. Primero, Jesús es preeminente antes de la conversión.

La humanidad perdida no lo sabe, sin embargo. Tienen una tendencia a pensar en Jesús como un gran profeta o maestro. Tienden a clasificarlo con Lao Tze o Kung Fu Tze, o Mahoma, o Moisés. No se dan cuenta de que Él es Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Lo consideran como menos de lo que Él es. Jesús dijo,

“Yo y el Padre uno somos. Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:30-33).

Esta es la misma reacción que muchas personas tienen hacia Jesús hoy. De una forma u otra, todas las personas perdidas rechazan la preeminencia de Jesús. Pueden darle un servicio de labios a Jesús, pero sus corazones rechazan Su preeminencia.

“En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció” (Juan 1:10).

“Despreciado y desechado entre los hombres...y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Isaías 53:3).

Jesús es preeminente, superior a todo lo demás, pero una persona perdida no ve eso. Jesús es supremo, sin igual y más excelente que cualquier cosa en el mundo. Pero la persona perdida esconde su rostro de Él y no lo considera importante.

Las personas perdidas miran a sus propios sentimientos en lugar de Jesús. Las personas perdidas miran a sus propios pensamientos en lugar de Jesús. Las personas perdidas observan sus propias acciones en lugar de mirar a Jesús. En una condición perdida, todas las personas dicen: “No lo estimamos” (Isaías 53:3). Es por eso que las personas perdidas intentan “aprender” a ser salvos. Están buscando sabiduría humana porque no estiman a Jesús, Mismo.

La Biblia dice:

“Los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (I Corintios 1:22-23).

Ahora, eso es cierto de ti, en tu estado no convertido, ¿no es así? Sigues diciendo: “Quiero saber cómo ser salvo. Quiero saber cómo venir a Jesús”. Al igual que esos Griegos, tú “buscas sabiduría”. Pero no te damos lo que quieres. En cambio, seguimos predicando a Jesús crucificado.

“Para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

Otros quieren “sentirse salvos” o experimentar alguna emoción. A veces se sienten salvos. En otras ocasiones, se sienten perdidos. Están buscando una “señal” emocional en lugar de Jesús. Son como los Judíos de los que habló Pablo.

“Los judíos piden señales…pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (I Corintios 1:22-23).

Sigues buscando algún sentimiento interior como prueba, alguna emoción para validar tu salvación. Pero seguimos predicando a Jesús crucificado.

“Para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

Jesús es supremo, inigualable y más excelente que cualquier cosa en el mundo – pero ocultas tu rostro de Él y no lo consideras importante. Objetivamente, Jesús es preeminente. Pero subjetivamente Él no es preeminente para ti. Tus propios pensamientos y sentimientos son preeminentes. Tú “no lo estimas” (Isaías 53:3).

II. Segundo, Jesús es preeminente en la conversión.

La primera obra del Espíritu Santo es mostrarte tu pecado.

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado…De pecado, por cuanto no creen en mí” (Juan 16:8-9).

El pecador perdido gira con el viento. Él trata de ser salvo de una y otra manera. Él trata de aprender las palabras correctas. Él trata de hacer lo correcto. Él trata de sentirse bien. Pero nada “funciona”. Queda girando con el viento. Esto enoja al pecador. Eso es bueno. Muestra que el Espíritu Santo está quitando sus falsas esperanzas.

Espero que estés harto de girar con el viento esta mañana. Sin embargo, continuarás girando, a menos que estés de acuerdo con el Espíritu Santo en que eres un pecador sin esperanza. Solo entonces verás tu necesidad de Jesús. Martin Luther dijo:

Es necesario, si eres convertido, que te aterrorices, es decir, que tengas una conciencia alarmada. Luego, después de que se haya creado esta condición, debes comprender el consuelo que viene [de] su Hijo Jesucristo [que vino] a este mundo para proclamar a los pecadores aterrorizados la misericordia de Dios. Esta es la forma en que se produce la conversión; otras formas son formas incorrectas (traducción de Martin Luther, sermon on Psalm 51:13, 1532).

Por lo tanto, no podemos convertirte mediante una presentación lógica del Evangelio. No podemos “enseñarte” cómo ser salvo. Debes experimentar la humildad interior del Espíritu Santo o continuarás teniendo a Jesús en baja estima. Solo cuando te sientas atrapado e incapaz de escapar de la culpa del pecado, te dirigirás a Jesús.

“Para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

Cuando todas las otras vías se hayan agotado, cuando todo lo demás haya fallado en darte paz con Dios, cuando esté hastiado de tu pecado, y contigo mismo, y tus sentimientos, entonces puedes recurrir a Jesús y, si lo haces, ¡Él tendrá la preeminencia en tu corazón y mente! Entonces verás a Jesús en toda Su gloria y bondad, Su majestad y poder, Su misericordia y amor condescendiente, Su sacrificio por el pecado en la Cruz, su carne desgarrada y ensangrentada, Su resurrección gloriosa, Su poderosa intercesión, su trabajo de mediación entre un Dios Santo y una persona pecaminosa como tú.

“Para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

No puedes hablar de Jesús hasta que lo conozcas. No puedes conocerlo hasta que vengas a Él. No vendrás a Él hasta que veas que lo necesitas. Es por eso que la primera obra del Espíritu Santo es convencerte del pecado. No solo de los pecados que has cometido, sino del pecado innato, el monstruo asqueroso en tu corazón, lleno de malicia y lujuria, orgullo y rebelión.

“El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal”
        (Eclesiastés 9:3).

Esto debe ser presionado en ti por el Espíritu Santo hasta que seas quebrantado y humillado, hasta que puedas decir con Pablo:

“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”
        (Romanos 7:18).

“¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).

Cuando se descubra la corrupción de tu propio corazón, serás llevado a ver que nada bueno hay en ti. No puedes confiar en tu propio pensamiento. No te puedes depender de ninguna sensación que tengas.

“Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo. Sécase la hierba, marchítase la flor” (Isaías 40:6-8).

El Espíritu Santo sopla como un viento cálido y seco que quema las flores y la hierba. Las flores representan tus esperanzas. La hierba representa tu vida. Tu esperanza debe marchitarse, quemarse en el viento de Agosto del Espíritu. Tu vida debe parecer marchita y sin esperanza, descolorida y abrasada.

“La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella” (Isaías 40:7).

El trabajo marchitante del Espíritu Santo te hace ver que la vida es inútil y que la eternidad es interminable. El trabajo marchitante del Espíritu Santo te hace desconfiar de tu propio corazón y desconfiar de tus propios sentimientos.

Entonces puedes mirar a Jesús. Lo verás en el Huerto de Getsemaní, con el sudor ensangrentado empapando Su ropa. Escucha Isaías 63: 2-3.

“¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo…” (Isaías 63:2-3).

El profeta Isaías le pregunta a Jesús por qué Su ropa es toda roja.

“¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar?” (Isaías 63:2).

Jesús responde:

“He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo” (Isaías 63:3).

Esto nos lleva al Huerto de Getsemaní, donde nuestro Señor pisó “solo el lagar; y de los pueblos nadie había conmigo”.

El Dr. McGee dice que “Los padres de la primera iglesia asociaron estos... versículos con la primera venida de Jesús. Ellos confundieron el lagar como el sufrimiento de Jesús” (traducción de J. Vernon McGee, Thru the Bible, Thomas Nelson, 1982, volumen III, página 340). Pero yo creo que estos primeros autores Cristianos estaban correctos. Como suele ser el caso en las escrituras de los profetas, la profecía va y viene, de la primera venida a la segunda venida de Jesús. La primera mitad del versículo tres se refiere al sufrimiento de Jesús,

“¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo…”

La segunda mitad del versículo se refiere a la segunda venida de Jesús,

“Los pisaré [también] con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas”.

Hay una gran lección en esto, que no debe pasarse por alto. Jesús ha “pisado el lagar solo” por nuestros pecados en Su agonía, comenzando en Getsemaní y terminando en la Cruz. Pero a los que rechazan Su expiación, les dice: “Los pisaré con mi ira y los hollaré con mi furor; y su sangre será rociada sobre mis vestidos... “

Seguramente los primeros Cristianos tenían razón en que la primera mitad de este versículo expresa la agonía de Jesús,

“He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo” (Isaías 63:3).

Los Discípulos dormían mientras Jesús se adentraba en el Huerto de Getsemaní para orar. Durmieron y lo dejaron solo.

“Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44).

Spurgeon da estos comentarios:

Si te das cuenta, no era solo sangre de sudor, sino gotas grandes; la sangre se coaguló y formó grandes masas...y fue absorbida por sus prendas hasta que llegó a ser como la novilla roja que fue sacrificada en ese mismo lugar... Esto prueba cuán tremendo debe haber sido el peso del pecado cuando fue capaz de aplastar al ¡Salvador que destiló gotas de sangre! Esto prueba, mis hermanos, el gran poder de su amor

(traducción de C. H. Spurgeon, “Gethsemane,” in The Metropolitan Tabernacle Pulpit, Pilgrim, 1979 reprint, volume IX, p. 80).

Ve a Jesús, “vestido de una ropa teñida en sangre” (Apocalipsis 19:13). Míralo, cuando vienen a arrestarlo, solo con la ropa ensangrentada. Él ya estaba cargando tus pecados en Su propio cuerpo.

Mira más de Su Sangre brotando de las heridas en Su espalda mientras lo azotaban. Esta Sangre también manchó Su vestimenta.

“Entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó. Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas. Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él. Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!” (Juan 19:1-5).

¡He aquí el hombre, Su ropa empapada en Su propia Sangre!

“¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo” (Isaías 63:1-3).

Mira al Creador postrado, En el huerto orando allí;
En la Cruz entonces vedlo, Declarando al morir;
“¡Consumado es!” “¡Consumado es!” ¿Pecador, no basta a ti?
“¡Consumado es!” “¡Consumado es!” ¿Pecador, no basta a ti?
   (Traducción libre de “Come, Ye Sinners” por Joseph Hart, 1712-1768;
      altereda por el Dr. Hymers).

Ahora escucha a Colosenses, capítulo uno, versículo catorce,

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:14).

Su Sangre expiará tu pecado. Lánzate en Su misericordia. Solo Él puede redimirte de tu pecado por Su Sangre. Oro para que confíes en Jesús hoy. Si deseas hablar con nosotros acerca de confiar en Jesús, por favor, siéntate en las dos primeras filas. Amén.


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(FIN DEL SERMÓN)
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El Solo Cantado Antes del Sermón por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith:
      “O Sacred Head, Now Wounded” (por Bernard of Clairvaux, 1091-1153).


EL BOSQUEJO DE

LA PREEMINENCIA DE JESÚS

Un sermón escrito por el Dr. R. L. Hymers, Jr.
y predicado por el Sr. John Samuel Cagan

“Para que en todo tenga la preeminencia”
(Colosenses1:18).

(Colosenses 1:17)

I.    Primero, Jesús es preeminente antes de la conversión, Juan 10:30-
33; Juan 1:10; Isaías 53:3; I Corintios 1:22-23.

II.   Segundo, Jesús es preeminente en la conversión, Juan 16:8-9;
Eclesiastés 9:3; Romanos 7:18, 24; Isaías 40:6-8;
Isaías 63:1-3; Lucas 22:44; Apocalipsis 19:13;
Juan 19:1-5; Colosenses 1:14.