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EL VALLE DE HUESOS SECOS

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Tarde del Día del Señor, 8 de Julio, 2012

“Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis” (Ezequiel 37:5).


El Domingo pasado vimos cómo este pasaje de Ezequiel describe la restauración y la conversión del pueblo Judío en los últimos días de esta edad. Vimos que los “huesos” se refiere a “toda la casa de Israel”; que las “tumbas” fueron las naciones en las que el pueblo Judío había sido dispersado; que serían traídos de esas naciones de nuevo a la tierra de Israel; y que entonces serían convertidos. ¡Esa es una profecía maravillosa! ¡Se emocionan nuestros corazones cuando pensamos en la restauración de Israel, a partir de 1948! Nos da gozo cuando pensamos en la profecía del Apóstol Pablo: “Y luego todo Israel será salvo” (Romanos 11:26). Cuando pensamos que estas profecías se están empezando a cumplir en la nación de Israel, nos da una gran confianza en el poder de Dios para hacer milagros en nuestro tiempo.

Pero hay otra manera de ver la profecía de Ezequiel 37. Los antiguos predicadores en los días de los tres Grandes Despertamientos vieron este pasaje como una ilustración de cada conversión, y especialmente las conversiones en el avivamiento. ¿Estaban equivocados al aplicar la profecía de esa manera? No, no lo estaban – porque el Apóstol Pablo dijo: “Pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9). Él también dijo:

“Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan” (Romanos 10:12).

Así la profecía de Ezequiel 37 es una clara ilustración de conversiones hoy en día, también como esas en Israel en ese tiempo futuro.

Entonces veamos la visión del valle de huesos secos en Ezequiel 37 como una ilustración de cómo todas las personas, ya sean Judíos o Gentiles, son convertidos hoy en día, considerando varias cosas en este pasaje.

I. Primero, el valle de huesos secos.

“La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera.” (Ezequiel 37:1-2).

Los huesos en el valle eran “muchísimos” y eran “secos en gran manera”. Esta es una ilustración de la depravación total del hombre en un estado de muerte. Es una descripción de la muerte espiritual de cada hombre desde la caída de Adán en el Huerto,

“Por…la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Romanos 5:19).

“Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres...”
       (Romanos 5:12).

También, en Efesios, el Apóstol dice que estábamos “muertos en pecados” (Efesios 2:5), “muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

Dios nos ha mostrado, por la visión del valle de huesos secos, la condición de todos los inconversos. En un sermón sobre los huesos secos, el gran misionero a China, William C. Burns (1815-1868) dijo que las personas no convertidas no tienen salud ni vida, y

“están llenas de heridas y moretones, y llagas putrefactas”. Primero estamos muertos por nuestra relación con Adán, nuestro padre según la carne, habiendo pecado en él, y por lo tanto venimos bajo la condenación terrible del pacto roto de las obras, y estamos sujetos a la ira y la maldición de Dios Todopoderoso. El pecado original, o el pecado de nuestra naturaleza, por lo tanto, nos lleva a todos nosotros a la muerte. El espíritu de la vida se nos quita, y el progreso de la decadencia día a día se hace más grande con cada transgresión actual. [Así que eres] corrupto y te acercas rápidamente a la última etapa de decadencia, ilustrada por los huesos secos (traducción de William C. Burns, Revival Sermons, Banner of Truth Trust, 1980 edición, pág. 156).

Ahora, en este estado de muerte, ya no eres santo, sino que, conforme a las Escrituras, en “enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). ¡Qué extraño que estés en un estado de locura y pecado, que te rebeles contra Dios! – contra el Dios que te ha creado, el Dios que te juzgará, el Dios que debe condenarte al Infierno. Burns dijo: “Ahora, tales son todos ustedes, cada uno [de ustedes]. Esto es lo que el verdadero ministro de Cristo ve. Él te ve de pie al borde del...Infierno. Él ve que a menos que Dios estire un brazo omnipotente y salvador, debes caer en [las llamas]. El [verdadero ministro] sabiendo y sintiendo esto, no puede descansar hasta que [trata] de hacerle consciente de tu peligro. Él te grita, [tratando] de alejarte del abismo [del Infierno], tratando de salvarte, [a] traerte a casa a [Cristo]” (Burns, ibid., p. 157).

II. Segundo, la llamada del predicador.

El profeta dijo: “La mano de Jehová vino sobre mí” (Ezequiel 37:1). Esto se refiere a la llamada del profeta. Pero en un sentido real se aplica a la llamada de todo verdadero predicador. “La mano de Jehová vino sobre mí”. Eso es lo que todo verdadero predicador de Cristo siente.

“La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera” (Ezequiel 37:1-2).

Eso es lo que Dios siempre hace cuando llama a un verdadero predicador para salvar almas. Dios lo saca al mundo y le muestra que está “lleno de huesos, muchísimos y secos en gran manera.” El verdadero predicador ve que la gente está muerta, que su condición es desesperada, que no son sólo ignorantes del Evangelio, sino que son hombres muertos, “y que sus huesos permanecen sólo para mostrar que son simplemente hombres”. El predicador ve “nada más un valle de huesos, desmembrados y en descomposición, y se lamenta sobre ellos, y…tiene por dentro [dolor en su corazón]. Él llora por las almas [perdidas] de los hombres”.

Entonces Dios le dice al predicador, “¿Vivirán estos huesos?” (Ezequiel 37:3). Esta es una pregunta que Dios pone en el corazón de todo predicador, para ponerlo a prueba, para ver si es un buen predicador y es fiel, o un perezoso ignorante. Para probar al predicador y ver si es bueno o no, Dios le pregunta: “¿Vivirán estos huesos?”

Predicadores ignorantes e infieles dicen: “Creo que pueden vivir. Se criaron en un hogar Cristiano, fueron traídos a la iglesia de niños, levantaron la mano y dijeron que querían ser salvos, han ido a la iglesia toda su vida, o por lo menos durante mucho tiempo. Por lo tanto creo que pueden vivir”. ¡Pero un predicador que dice eso es infiel a Dios o es ignorante de la verdadera conversión!

Dios pregunta: “¿Vivirán estos huesos?” El predicador fiel y prudente no dice esas cosas. En cambio, cuando Dios le pregunta: “¿Vivirán estos huesos?” Responde exactamente como lo hizo Ezequiel: “Señor Jehová, tú lo sabes”. ¡El buen predicador entiende que sólo Dios conoce a los que Él ha elegido! ¡Sólo Dios sabe quién va a ser convertido! El predicador sabio sabe que sólo Dios puede dar el aumento, que sólo Dios puede traer un alma perdida a la salvación en Cristo.

III. Tercero, el mandamiento a predicar.

“Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová” (Ezequiel 37:4).

Es deber de todo pastor predicar la palabra de Jehová. Pero el pastor sabio sabe que él está predicando a huesos secos, que no pueden y no oirán lo que dice. A menudo he pensado que es lo mismo ir a un cementerio y predicar que venir aquí y hablarles a ustedes – sabiendo que no pueden oír. Como dijo Jesús:

“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra” (Juan 8:43).

Sé que es el estado de tus oídos mientras estés en un estado de pecado. Jesús dice: “No podéis escuchar mi palabra”. Y si no puedes escucharlo a él, ¡de seguro no vas a ser capaz de escucharme a mí! Alguien puede preguntar, “¿Por qué entonces nos predicas? ¿Por qué nos dices que vengamos a Cristo, cuando tú sabes que no podemos hacerlo, ni siquiera oír cómo hacerlo para salvación?”

Un fiel predicador habla ya sea que “[ustedes] escuchen, o [ustedes] dejen de escuchar” (Ezequiel 3:11). ¿Por qué les hablo? ¡Debido a que Dios me ha mandado a hacerlo!

“Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová” (Ezequiel 37:4).

Porque me ha sido mandado a predicarles es que debo hacerlo. Veo el abismo del Infierno en el que estás a punto de caer. Siento la necesidad de alertarte y alarmarte; entonces predico sobre la muerte, predico para la eternidad, predico para el Cielo, y predico, también, para el Infierno. El verdadero predicador entra en el púlpito y predica a huesos secos, y muy a menudo lo hace sin ningún efecto.

Pero yo sé que después de haber predicado la palabra de Jehová, entonces Dios pueda que te hable, diciendo:

“Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová” (Ezequiel 37:6).

IV. Cuarto, el temblor de los huesos.

“Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso” (Ezequiel 37:7).

El profeta obedeció la orden de Dios, a pesar de que parecía inútil predicarle a los huesos secos. Pero de repente, “hubo un ruido, y he aquí un temblor”, entre los huesos secos. Los pecadores perdidos comienzan a preocuparse, entonces tienen ansiedad por su condición perdida. Entonces se alarman, se asustan, se llenan de terror – a menudo es tanto que no pueden contener las emociones de miedo. Algunos gritan y lloran amargamente, gimiendo porque ellos mismos se sienten bajo el control de Satanás. De repente ven un gran pecado en sus corazones. Robert Murray McCheyne, en tales reuniones, dijo:

      A menudo un terrible silencio sin aliento se impregnaba en la reunión, y cada oyente se inclinaba hacia adelante poniendo gran atención. Los hombres serios cubrían sus rostros a orar para que las flechas de [Dios] pudieran ser enviadas a casa con poder a los corazones de los pecadores. De nuevo en tal momento he escuchado una señal media suprimida saliendo de más de un corazón, y he visto muchos bañados en lágrimas... He escuchado fuerte llanto en muchas partes de la iglesia, mientras que una profunda solemnidad [vino] de toda la audiencia. También he oído...a individuos gritar en voz alta, como si hubieran sido atravesados por una flecha...En esos momentos yo he visto personas tan abrumadas que no podían caminar o ponerse de pie por ellos mismos...yo humildemente expreso mi convicción de que es deber de todos los que buscan la salvación de las almas, y especialmente el deber de los ministros, desear y orar por tiempos tan solemnes cuando las flechas deberán ser fuertes en el corazón de los enemigos del Rey, y nuestra congregación dormida se hace gritar, ‘Varones hermanos, ¿qué haremos?’ (traducción de J. C. Smith, Robert Murray McCheyne: A Good Minister of Jesus Christ, Ambassador Productions, Ltd., 1998 reimpreso de la edición de 1870, págs. 12-13).

El hecho fue denunciado por algunos ministros, pero un pastor piadoso que lo vio dijo: “Cuando el hueso se junta con el hueso, ¿no se oirá el temblor?”

Cuando los pecadores perdidos están convencidos de pecado habrá sentimientos extraordinarios, y una emoción inusual, cuando la gente despierta del sueño de la muerte, cuando ven que el Infierno es real, y sienten que pronto caerán en ese abismo de las llamas. Habrá grandes agitaciones de emoción cuando tú veas tu pecado, no sólo condenándote, sino que también hiriendo a Jesús en la Cruz. Tú debes sentir emoción en ese momento; es imposible que no sientas emociones con una profundidad antes desconocida para ti.

V. Quinto, la piel cubrió por encima de los huesos.

“Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu” (Ezequiel 37:8).

Ahora parece que están vivos, “pero no [hay] en ellos espíritu”. La carne subió sobre los huesos, pero aún así era un cuerpo sin vida. Algunos de ustedes han llegado a este punto, y no son salvos. Algunos de ustedes han estado recibiendo carne sobre los huesos que antes estaban desnudos. Haz comenzado a reformar tu vida y llevar a cabo tus deberes religiosos. Ahora vienes a la iglesia regularmente y lees la Biblia todos los días. Te admiras de ti mismo por ser más religioso. Estás convencido de que has cambiado. ¡Cuidado con esto! ¡Cuidado con esto! Ay de ti, porque has sido engañado.

¿De qué te servirá en el Juicio Final que hayas cambiado exteriormente? Si el Espíritu de Dios no ha cambiado tu corazón, ¿de qué servirá tu religión externa en el Día del Juicio Final?

No niego que hayas cambiado exteriormente. Me alegro que lo hayas hecho, pero no descanses allí. No descanses en un cambio exterior. Nadie, tal vez, puede ver algún defecto en tu nuevo carácter religioso. Ningún ojo humano puede ver la falla que se encuentra en tu corazón. Todos ellos están engañados, y admiran el cambio que ven en tu vida.

Eso es lo que pasa cuando una persona muere. El cuerpo parece estar aún con vida por un rato. Al mirar un cadáver algunos dirán: “¿No se ve bien? Parece como si él todavía está vivo”. Pero el ojo que discierne ve que el cuerpo está muerto. Es cierto que no ha comenzado a deteriorarse. Pero el cuerpo está tan muerto como un cadáver putrefacto. Aunque no hay deformidades espantosas, sin embargo está tan muerto como cuando la carne se caiga de sus huesos, y los gusanos se arrastran a través de sus articulaciones y tuétanos. Y así, si el Espíritu de Dios no te ha convertido, no eres más vivo que un cadáver en un ataúd, aunque te veas bien delante de un ojo inexperto.

Deseamos para ti, sobre todo, que no seas engañado. Tememos que algunos de ustedes que piensan que son convertidos pronto serán vistos por lo que realmente son – completamente muertos, muertos para Dios, muertos en pecado. Tienes muchas marcas de un verdadero Cristiano – pero hay una frialdad de hielo en tu corazón. Tu corazón no tiene amor por Dios, no palpita de amor para Cristo. No palpita con amor para nada. Las venas, los tendones, las articulaciones están ahí, pero no hay vida, no hay sangre, no hay calor, no hay amor para Cristo.

Rebelión contra Dios se esconde en tu interior. No ha sido expulsado. Todavía está latente en tu corazón. Todavía está allí dentro de ti, en el centro de tu alma. Y allí permanece – hasta que finalmente sale y consume tu religión externa, y te atormenta tan completamente, que pronto, muy pronto, te sella en el sueño frío de la muerte eterna. Exteriormente pareces ser un Cristiano, pero al fin se verá que tu corazón está lleno de huesos muertos, podridos y en corrupción. Tu corazón sigue siendo tan duro como siempre, sin quebrantarse como siempre, a pesar de que se encuentra dentro de una fachada que se mira hermosa y piadosa.

“Y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu.

VI. Sexto, la venida del Espíritu que da vida.

“Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo” (Ezequiel 37:9-10).

¡Está la fuerza del predicador del Evangelio! Él ora para que el Espíritu de Jehová, que Él venga y bendiga la predicación, y le de vida a los que escuchan. El Espíritu sopla sobre los muertos, ellos viven, y “estuvieron sobre sus pies, un ejército grande en extremo”.

Soplame, Soplame,
   Santo Espíritu, soplame;
Mi corazon
   Todo limpiad,
Santo Espíritu, sopla en mí.
    (Traducción libre de “Breathe on Me” por B. B. McKinney, 1886-1952).

Si el Espíritu Santo no viene a ti, no puedes ser convertido, no puedes levantarte y vivir, no puedes ver la belleza de Cristo, no puedes venir a Él y ser limpiado del pecado por Su Santa Sangre. Por lo tanto el verdadero predicador debe pasar mucho tiempo solo y entrar en el púlpito en la plenitud del Espíritu. Y aquellos de ustedes que son salvos deben pasar mucho tiempo en oración, o si no da lo mismo si les predico a los perdidos o no. Ora que el Espíritu Santo esté en la predicación, o de lo contrario estos huesos muertos no podrán vivir jamás. Oh, ¡ruega que el Espíritu de Dios descienda en nuestras reuniones! ¡Ora hasta que el Espíritu venga, para que estos huesos muertos puedan vivir!

¡Dios, el poder antiguo,
   De Pentecostes manda!
¡Y sobre nosotros
   Derrama bendición!
¡Dios, el poder antiguo,
   De Pentecostés manda!
¡El pecador sea salvo y Gloria sea a Dios!
   (Traducción libre de “Pentecostal Power”
     por Charles H. Gabriel, 1856-1932).

Cántala conmigo.

¡Dios, el poder antiguo,
   De Pentecostes manda!
¡Y sobre nosotros
   Derrama bendición!
¡Dios, el poder antiguo,
   De Pentecostés manda!
¡El pecador sea salvo y Gloria sea a Dios!

Sólo el poder del Espíritu de Dios puede romper tu corazón de piedra y unirlo a Cristo, ¡el Salvador vivo! ¡Oramos para que el Espíritu de Dios venga a ti, y te haga clamar a Cristo para que venga y te traiga vida de entre los muertos! Oramos que el Espíritu de Dios venga y te traiga a Cristo.

Tú sabes que Cristo murió en la cruz para pagar el castigo por tu pecado. Pero ¿conoces a Cristo para ti? ¿Has sido unido a Él que está vivo en el Cielo, orando por ti?

Aquí en tu corazón no hay nada bueno, nada más que vacío, corrupción y pecado. Pero arriba en el Cielo Cristo vive, ¡y sólo Él puede perdonar tus pecados y darte vida! Puedes mirar dentro de ti durante toda tu vida, pero no encontrarás nada más dentro de ti que culpa y depravación. Pero en Jesús hay justicia, paz y vida. Si vienes a Él, eso es tuyo. Ahora, ¿mirarás a Él y vivirás?

Algunos de ustedes han estado durante mucho tiempo en duda, en oscuridad y desesperación. ¿Por qué? ¿Es culpa de Dios? ¡No! ¡No! ¿Entonces de quién es la culpa, sino tuya? Has estado tratando de convertirte a ti mismo, y mientras sigas tratando nunca tendrás paz. Ahora, mira fuera de ti mismo, hacia Jesús, y hacia el trono de gracia de Dios, y la Sangre de Jesús sobre el propiciatorio. Se te manda mirar a Jesús y ser salvo por Jesús, y solo Jesús. Ven entonces, ven a Jesús. Estoy aquí para decirte que Jesús es gratis, que la salvación es gratis, que el Cielo es gratis, que el gozo y la alegría son gratis – ¡para todos los que vienen a Jesús y descansan sólo en Él! Ven, entonces, esta noche. ¡Ven a Jesús y vive!

Del cautiverio, noche y penar,
   Vengo Jesús, vengo Jesús;
Hacia Tu libertad y Tu luz,
   Vengo Jesús a Ti;
De mi dolor vengo a Tu salud,
   De la pobreza a Tu bendición,
De mi pecado vengo a Ti,
   Vengo Jesús a Ti.

Voy a cantar otra estrofa de este himno. Mientras yo canto, por favor ve a la parte de atrás del auditorio y el Dr. Cagan te llevará a otro lugar. Cómo oro que salgas de tu cautiverio, noche y penar, hacia la libertad y la luz, viniendo con simple fe a Jesús. Ve a la parte de atrás del auditorio ahora, ve a otra sala ¡y ven a Jesús!

De mi vergüenza e inrectitud,
   Vengo Jesús, vengo Jesús;
A la gloriosa paz de Tu cruz,
   Vengo Jesús a Ti
De mi tristeza a felicidad,
   De la tormenta calma será,
De mi problema salmos cantar,
   Vengo Jesús a Ti
(Traducción libre de “Jesus, I Come” por William T. Sleeper, 1819-1904).

(FIN DEL SERMÓN)
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La Escritura Leída Antes del Sermón por Dr. Kreighton L. Chan: Ezequiel 37:1-10.
El Solo Cantado Antes del Sermón por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith:
“Breathe on Me” (por B. B. McKinney, 1886-1952).


EL BOSQUEJO DE

EL VALLE DE HUESOS SECOS

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

“Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis” (Ezequiel 37:5).

(Romanos 11:26; 3:9; 10:12)

I.   Primero, el valle de huesos secos, Ezequiel 37:1-2; Romanos 5:19, 12;
 Efesios 2:5, 1; Romanos 8:7.

II.  Segundo, el llamado del predicador, Ezequiel 37:1, 2, 3.

III. Tercero, el mandamiento a predicar, Ezequiel 37:4; Juan 8:43;
Ezequiel 3:11; 37:6.

IV. Cuarto, el temblor de los huesos, Ezequiel 37:7.

V.  Quinto, la piel cubrió por encima de los huesos, Ezequiel 37:8.

VI. Sexto, la venida del Espíritu que da vida, Ezequiel 37:9-10.