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ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DAN SUS TESTIMONIOS

por Dr. Robert Hymers

La mitad de este sermón fue predicada en la mañana, y la otra en la tarde del
Día del Señor, 29 de Enero de 2006 en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles

“Sino santificad a Dios en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (I Pedro 3:15).


Este texto nos dice que cada Cristiano verdadero debe ser capaz de dar testimonio respecto a su esperanza en Jesucristo. “Santificad a Dios en vuestros corazones” significa venerar, honrar, adorar a Cristo en tu corazón. En otras palabras, amar a Cristo y respetarlo. “Santificad a Dios en vuestros corazones, y estar siempre preparados para presentar defensa...ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.” La esperanza que tienes en Cristo debe ser explicada con ánimo a los que te pregunten la razón por qué la tienes. El Dr. W. A. Criswell respecto a este verso dijo: “El Cristiano debe siempre estar listo a responderle a aquellos que [le pregunten] la razón por esta esperanza [en Cristo].” (traducción libre de la nota sobre I Pedro 3:15 de The Criswell Study Bible). “Y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.” El Dr. Henry M. Morris dijo que nuestra respuesta a los incrédulos debe “darse sin jactancia ni orgullo, sino con [mansedumbre y respeto]…El Cristiano no debe ser ignorante en su respuesta, pero tampoco debe ser arrogante” (traducción libre de la nota sobre I Pedro 3:15 de The Defender’s Study Bible).

Así que, cada Cristiano debe estar preparado siempre a dar una respuesta, un testimonio de por qué él tiene esperanza en Cristo, y él debe dar su respuesta con mansedumbre y respeto - no alegando de modo arrogante para comprobar sus puntos tocante a la salvación.

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (I Pedro 3:15).

Cada Cristiano debe estar preparado para dar un testimonio de cómo fue salvo y de lo que él cree. Él hace esto primero con pastores y diáconos amigables, quienes le preguntarán por qué cree en Cristo y cómo fue convertido. Después, deberá responderle a gente hostil que le preguntará por qué se hizo Cristiano. Pero en cualquier situación que se encuentre, él deberá ser capaz de dar un testimonio claro de su conversión, de por qué se hizo Cristiano, y de por qué él cree en Cristo.

Esta mañana y esta noche yo leeré los testimonios escritos de varios jóvenes de edad de estudiantes universitarios que en meses recientes se hicieron Cristianos. Al dar estos testimonios, hicieron exactamente lo que el Apóstol Pedro les dijo que hiciesen.

Escucha diligentemente a varios de estos testimonios. Espero que al escucharlos aprendas mucho - y espero que llegues a tener la misma experiencia básica que ellos tuvieron - y que tú llegues a poder hablar de ello inteligentemente con cualquiera que te pregunte por qué te hiciste Cristiano. Aprende todo lo que puedas de sus testimonios, luego, ven a Cristo y se salvo, para que puedas dar un testimonio parecido “ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.”

Escucha con cuidado cómo estos jóvenes de edad universitaria fueron salvos, y aplica a ti mismo lo que ellos dijeron, y busca tener una experiencia parecida con Cristo.

Testimonio 1

Era Domingo en la mañana, 20 de Marzo de 2004. Pasé por mi rutina normal de despertarme, cepillarme los dientes, vestirme, y decir una corta oración al conducir camino a la iglesia. Pese a saber que el tópico del sermón sería sobre “La Pasión del Cristo” de Mel Gibson, no me imaginaba que este sermón me abriría los ojos al amor de Cristo por sus enemigos. El verso de Juan 3:16 tomó un significado completamente nuevo para mí y podía ver repetidamente en mi mente las escenas de la pasión, de cómo los soldados Romanos clavaron las manos de Jesús a la Cruz.

Cuando Dr. Hymers continuó con la predicación del amor de Cristo, yo de verdad sentía como si esos clavos atravesaban mi corazón al pensar en los clavos atravesando Sus manos. Al pensar en cada martillazo, me daba más convicción, pero a la vez sentía un profundo dolor por lo que Cristo tuvo que pasar por mí.

Luego había llegado la hora de ser llevados por el Dr. Cagan al cuarto de consejo, y me sentía en un estado de culpa por los pecados que yo había cometido. Recordé claramente el peor pecado que había cometido y me comprobó más allá de la duda que yo era un terrible pecador.

Mientras Dr. Cagan y Dr. Hymers continuaban aconsejándome, parecía que nada de lo que decían me penetraba, por llorar a mares con dolor por Jesús, miedo y culpabilidad. Hubo una corriente de pensamientos y recuerdos que fluyó por mi mente. No podía estabilizar mis pensamientos. Sin embargo, recordé claramente lo que varias personas me habían dicho anteriormente. El Sr. Matsusaka me dijo una vez que “todos aquí estamos apoyando tu conversión.” También recordé claramente que Dr. Cagan constantemente me decía “Jesús te ama, Él NO está enojado contigo.” Yo pensaba que Él sí debería estar enojado. El Dr. Waldrip me dijo que “las ‘coincidencias’ no existen, y que todo sucede por una razón,” por la providencia de Dios. Luego pensé en cómo acabé en la iglesia. Fue una clara señal de la profunda gracia y del amor de Dios. El Dr. Hymers me dijo que “todo lo que se necesita es ver tu necesidad de Él” (himno de Joseph Hart). Yo sí que vi la necesidad de Jesús esa vez. También pensaba constantemente “¡no hay salida!” Al arrodillarme a orar, otra corriente aun más fuerte de pensamientos fluyó en mi mente, la cual ahora ya sé que es el Diablo mismo tratando de detenerme de confiar en Jesús. Entonces pensé, “Confiaré en Jesús.” De algún modo los pensamientos confusos fueron suprimidos y salté a Jesús. Por fe simple en el Señor Jesucristo y Su Sangre que abole el pecado yo fui salvo. Nada me parecía diferente. No experimenté emoción ni sentimiento alguno. Lo que importaba es el milagro que sucedió en el Cielo, cuando Jesús ahoga mis pecados en Su Sangre preciosa.

Muchos días he pensado constantemente en Cristo, desde el momento en que me levanto en la mañana hasta la hora en que oro a Dios en la noche, antes de irme a la cama. Ahora yo me examinaba a mí mismo para ver un gran amor por mi Salvador. Pero muchas veces he cuestionado mi salvación desde el día en que confié en Jesús, sabiendo la verdad de no ser digno de Su Sangre. Yo sabía que no era digno de Su amor. Hubo ocasiones cuando olvidé orar por la comida y ocasiones en que pequé. Estando casi seguro de estar todavía perdido, Dr. Hymers me dijo “todos están destituidos de la gloria de Dios.” Nada que yo pueda hacer o decir puede mostrar mi gratitud por el don de la vida eterna.

No hay modo posible de agradecerle a un héroe como el Señor Jesucristo, ni nada que yo haga puede llegar cerca de pagarle por lo que Él hizo por mí. Tal como un gato no puede mostrarle su aprecio al bombero que lo rescató del árbol. Pero fue aun más precioso que eso. Jesús no solamente lavó mis pecados, sino que dio Su propia vida para hacerlo, y dio Su vida por pecadores tal como yo.

Me es difícil expresar en meras palabras mi aprecio por lo que el Señor Jesucristo ha hecho por mí, pero una vez leí en la Biblia: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). ¿Cómo puedo repagar un sacrificio tan precioso? Al seguir pensando sobre el inescrutable amor de Cristo me quedo con gran asombro. Mi Señor no solamente dio Su vida por mí, sino que la dio por mí cuando yo era Su enemigo. Él también curó la enfermedad mortífera de mi corazón, ¡y a la vez me dio vida eterna! Ningún hombre es digno de tal amor, y todo lo que Jesús pedía era que confiara en Él. Ninguna cantidad de agradecimiento, ni de evangelismo que yo haga, ni ninguna cantidad de dinero que yo pueda dar se acercará a repagar mi deuda a Jesús.

Testimonio 2

Yo fui convertido el Miércoles 13 de Agosto de 2002 en la mañana. Fue un Lunes de Agosto en la noche cuando me apresuraba a casa. Yo estaba muy cansado del trabajo y cargado por el pecado. Recuerdo que al caminar, me dije a mí mismo: “Ya ha sido suficiente. Ya no soporto más esta carga.” El Domingo en la noche me había preocupado después de oír los sermones predicados por el Dr. Hymers. Mucho de los sermones predicados ese Domingo atravesó mi mente el Lunes en la noche: “Tomás Liberado de Su Incredulidad,” y “La Muerte de Chick Hearn” (el anunciador del equipo de básquetbol de los Lakers). También otros sermones pasados estaban en mi mente.

Recuerdo que en el trabajo ese Lunes en la noche mis empleados me preguntaban respecto a mi condición ese día, pero no le respondí a nadie. Solamente una vez, cuando mi gerente me preguntó: “¿Qué tienes de malo hoy? Te vez preocupado.” Le respondí que estaba bien, pero debo admitir que dicha respuesta me molestó porque no era cierto. Cuando le respondí yo no estaba pensando. Mi respuesta fue cortante para evitar cualquier tipo de conversación. Aunque no hubiese podido explicarle mi condición porque estaba bajo una terrible turbulencia, y la culpabilidad del pecado era mucho más grande que todas las distracciones a mi alrededor. Nada me hubiese podido hacer reír ni halarme fuera de esta molestia. Parecía estar más allá de mi control. Debo añadir que fue un milagro que pude trabajar y caminar a casa bajo este terrible peso de pecado. También recuerdo que hubo mucha gente en el trabajo que trató de sacarme de mis pensamientos. Todo lo que yo quería era tiempo para estar a solas.

Al caminar a casa esa noche muchas partes de sermones pasados vinieron a mi mente. Por ejemplo, el hombre rico en el Infierno “alzó sus ojos, estando en tormentos,” “Recuerda a tu Creador en los días de tu juventud,” y “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús.” Todos me vinieron a la mente cuando caminaba a casa. También estos versos de la Escritura venían repetidamente a mi mente con convicción. Cuando caminaba a casa esa noche recuerdo ver los coches y la gente pasar. En cierta gente no vi ni una preocupación, y en otra los rostros llenos de frustraciones. Empecé a pensar sobre la vida y la muerte y cuan frágil es la vida. Me puse a pensar en el sermón que se predicó el Domingo sobre la muerte de Chick Hearn, y me apliqué a mi mismo algunas de las lecciones que Dr. Hymers predico esa mañana sobre la muerte. Al pensar en eso me dio mucho miedo. Me dije a mí mismo: “¿Qué si me muero ahora?” “No me puedo morir ahorita, no en este estado,” dije yo. Luego seguí mirando el rostro de cada persona que pasaba, y me recordaba de cuando Dr. Hymers dijo en un sermón que él veía a la gente caminando como muertos sin ningún interés por sus almas. Todo esto tomó vida cuando yo caminaba.

Cuando llegué a casa era como la 1:00 AM. Estaba cansado pero no quería dormir. Así que fui a mi escritorio y abrí el libro, The Anxious Enquirer, por John Angell James, que me habían dado en el cuarto de consejo. Primero, comencé a leer los capítulos uno tras otro. Luego saqué algunos de los sermones impresos de Dr. Hymers y los leí. En una ocasión me arrodillé y le pedí a Dios que me perdonara. Por ejemplo, recuerdo decir: “Soy un pecador, soy un pecador, perdóname Jesús.” No sabía a quién ni cómo orar. Solamente oré, pero nada de lo que oraba me dio consuelo. Recuerdo decirme a mí mismo: “Estoy perdido, estoy condenado.”

Después de todo esto me acosté en mi cama, y recordé a Dr. Hymers diciendo al final de un sermón: “Mira a Jesús, mira a Jesús. Él te ama, y Él quiere salvarte. Él vino a salvar a pecadores como tú. Él murió en la Cruz para pagar la pena por tus pecados. Él está en el Cielo ahora, a la diestra de Dios. Su sangre puede lavar tus pecados si tú vienes a Él.” De repente me di cuenta de que no me podía salvar a mí mismo porque era un pecador. Pero todavía no era salvo. Hubo una batalla constante en mi corazón antes de que Jesús me salvara. Traté de creer las doctrinas que me habían enseñado, pero no pude. Esa fue mi experiencia antes de confiar en Jesús. Paré de tratar de salvarme a mí mismo, y dejé que Jesús hiciera el salvar. Sí, y Él lo hizo. ¡Él me salvó allí mismo! Yo dije después: “Yo confío en Jesús, Él me salvó, soy salvo, Él murió por mi, mis pecados son perdonados.” Todas estas experiencias vinieron de una sola vez. De un momento al otro Jesús lo hizo todo. Él murió en la Cruz para pagar la pena de mis pecados. Ya no me quedaba nada que hacer. En ese momento era difícil explicar cómo esto había sucedido. Todo lo que sabía era que Jesús me salvó.

Testimonio 3

Yo había rechazado a Dios y el sacrificio de Su Hijo demasiado tiempo. Empecé a sentirme terrible e inmundo. Cada sermón que se predicaba pasaba por mi alma. El problema que tenía era que perdía el tiempo y jugaba con mis amigos de la escuela. Iba al cuarto de consejo sin ningún efecto del sermón. Más y más sentía que el Espíritu de Dios me dejaba.

Empecé a orar por mi alma y por que Dios me mostrara mis pecados, porque yo sabía que Él estaba esperando para juzgarme. Empecé a temer a Dios y a ver los pecados que estaba cometiendo y los que ya había cometido. Era necio al pensar que sería salvo poquito a poco. El problema era que quería seguir pecando.

Cada sermón que oía comenzaba a hundirse en mi corazón. Luego finalmente me di cuenta de que el pecado no valía la pena. ¿Qué ganaría al continuar del modo en que estaba? Ésta bien podría ser mi última oportunidad.

Durante las reuniones evangelisticas en Enero, oí a los hombres principales de la iglesia orar por mi conversión. Luego pensé: “¿Qué estoy esperando?” No hay invitación más grande de lo que Jesús hizo en la Cruz. Salí de casa con ese pensamiento en mente.

Finalmente, el 27 de Febrero de 2005, fui convertido. Esa noche, durante la predicación y el cuarto de consejo, recuerdo pensar en mi alma y en mis pecados. Estaba convencido de que era un pecador y de que mi pecado era terrible ante Dios. Yo también sabía que si moría iría directamente al Infierno. Luego me atravesó como una espada en el corazón. Yo necesitaba a Jesucristo y Su Sangre.

A esta hora Su amor hacia mí era real. Lo había escuchado muchas veces, pero como un Fariseo, endurecía mi corazón. Fue ahí cuando mi corazón finalmente fue quebrantado por la Palabra de Dios. Yo vi el sacrificio que Jesús había hecho por mis pecados y que la Sangre que Él derramó era para limpiar mis pecados. ¿Qué más podía yo pedir, si todo lo que necesitaba estaba en Jesús mismo?

Al ser aconsejado, el Dr. Cagan me preguntó si dejaría todos mis pecados atrás. Yo respondí a su pregunta con un “sí.” Luego el Dr. Cagan me preguntó si creería en Jesús y Su Sangre, y le dije: “sí.” Yo sabía que era pecador y también sabía que lo único que podía curarme del pecado era la Sangre de Jesús. La Sangre sola era mi medicina. Mi fe era la única manera en que podía recibir esa medicina. Jesús tenía Sus brazos abiertos, listo para recibirme. Todo lo que yo tenía que hacer era venir.

Luego me arrodillé y creí en Él. Lo que hice fue muy simple. Eché todos mis pecados y vine a Él. Me lancé sobre Él y me acosté completamente sobre Su Sangre. Esto no fue un sentimiento que se pudiera explicar, sino que estaba sobre vencido y agradecido de que Dios hubiese esparcido Su misericordia sobre mí, y sabiendo que la Sangre de Jesús había pagado por mis pecados.

Ahora que he creído en Jesús y he sido lavado en Su Sangre, tengo gran confianza al andar en las calles. Yo sé que si muero estaré ante Dios justificado y limpio. Su Sangre ahora es real para mi. Le doy gracias a Dios cada día por la misericordia que tuvo sobre mi alma. También le agradezco al Dr. Hymers que cuidó tanto por mi alma, y que puso tanta fuerza al predicarme. También le agradezco al Dr. Cagan por cuidar de mí y por estar allí cuando le necesitaba. Ahora puedo estar delante de Dios con la Sangre de Su Hijo como mi pasaporte para entrar en Su ciudad. Jesús ha compartido Su amor hacia mí por el sacrificio que Él hizo en la Cruz, y le doy gracias porque lo hizo.

Testimonio 4

Fue la noche antes de mi conversión cuando fui despertado a mis pecados y al estado de mi alma. En el cuarto de consejo, me dijeron que no era la cantidad de convicción la que me salva, ni alguna convicción en sí, sino que era Jesús quien salva a la persona y lava sus pecados con Su Sangre. Aunque no lo sabía, el Espíritu Santo ya había comenzado a convictarme.

El Dr. Hymers la siguiente noche me dijo que iba a predicar conmigo en mente. Al irme esa noche, de repente caí bajo una pesada convicción de mis pecados. Entonces el verso: “Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3), fue una gran realidad para mi. Todo lo que estaba en mi mente era como yo había pecado contra un Dios santo y omnisciente. No solamente era pecador, sino que yo era pecado,incapaz de hacer nada bien a la vista de Dios. Todo lo que hacía era como trapos de inmundicia ante Sus ojos. Recordaba todas las veces que trataba de buscar las palabras correctas en el cuarto de consejo, esperando que me “pasaran,” y que me dijeran que estaba salvo. No me preocupaban mis pecados grabados en los libros de Dios en el Cielo, sino que solamente deseaba ser aceptado en la iglesia.

La cantidad de convicción que tenía por mis pecados era casi inaguantable. Era difícil pensar en otra cosa aparte de mis pecados grabados en los libros en el Cielo. Yo me había burlado de un Dios todopoderoso. Había despreciado a un Salvador que se había rebajado al nivel del hombre. Él sufrió, sangró y murió por mí en la Cruz, pero todo lo que yo había querido era ser “pasado” y unirme a la iglesia.

La noche siguiente el Dr. Hymers predicó un sermón titulado: “Tú Sí Puedes Ser Salvo.” Durante el sermón, él dijo que no había razón para que yo permaneciera perdido. Todo lo que uno tenía que hacer para deshacerse de sus pecados era venir a Jesús. Solo tomaba una mirada a Él, y mis pecados serían borrados de aquellos libros en el Cielo. Aunque yo había escuchado a Dr. Hymers decir eso cientos de veces, ahora lo oí y verdaderamente lo escuché.

Mi convicción ya era tan grande que lo único que podía pensar era que yo tenía que ser salvo de mis pecados. Resolví no irme de la iglesia esa noche a menos que fuera salvo. En el cuarto de consejo, Dr. Hymers me dijo que me pusiera de rodillas y viniera a Jesús y mirara a Él. En ese momento, con lagrimas sobre mis mejillas, me lancé sobre Jesús. Yo creí en Jesús con simple fe ciega y Él me salvó. En ese momento yo vine a Él. Yo simplemente mire a Él y Él me salvó de mis pecados.

Y Él hizo eso. Él me salvó de mis pecados y del castigo eterno en el Infierno. Ahora mis pecados grabados en los libros en el Cielo fueron lavados, limpiados por la Sangre preciosa de Jesucristo. La Sangre que Él derramó en el Calvario ahora limpiaba mis pecados en el Cielo. Había sido muerto en delitos y pecados. Ahora se me daba vida nueva en Jesucristo, Jesús que había sufrido, sangrado y muerto por mí.

Ahora Él es mi Salvador y Señor que se sienta a la diestra de Dios Padre en el Cielo. El precio que Él pagó por mí en el Calvario es uno que jamás podré repagarle. Todo lo que puedo hacer es honrarlo, servirlo, y glorificarlo. Fue por la misericordia y la gracia de Dios que fui llevado bajo la convicción y traído a Jesucristo. Ahora le doy gracias a Dios cada día por haberme puesto en una iglesia con un pastor tan piadoso, con padres, mentores y amigos, en la que puedo servir a Cristo. Mi esperanza es que yo y los otros jóvenes podamos sostener la iglesia y ayudar a edificarla. Espero con anticipación aquel día cuando veré a mi Señor y Salvador, Jesucristo, cara a cara.

Testimonio 5

La semana antes de ser convertido, el Dr. Hymers predicó un sermón que de veras me molestó. Estuvo en mi mente cada día la semana entera. El texto que predicó fue sobre la ultima parte de Jonás 2:9, “La salvación es de Jehová.” En él, él hizo muy claro que la obra de salvación es completamente de Dios mediante Jesús, y el hombre no puede hacer nada para contribuir a este milagro.

La razón que este sermón me molestó era porque yo estaba tratando de ser salvo por mis propios esfuerzos. Me habían aconsejado por semanas, pero no estaba alarmado por mi propio estado pecaminoso para nada. Nada de lo que hacía me ayudaba de ninguna manera. Todo lo que hacía era añadir pecado a pecado por rechazar a Jesús y la Sangre que Él derramó por mí.

Pero después de oír este sermón, el Espíritu Santo empezó a convictarme de mis pecados. Empecé a ver y sentir mi depravación. Yo era un pecador perdido, ignorante de Dios, y contra Su naturaleza. Yo iba rumbo al Infierno, merecidamente, y no había nada que pudiera hacer para prevenirlo. Tenía temor de que Dios me derrumbaría en cualquier momento. Yo moriría, sin estar preparado para encarar el juicio. Estas verdades me perseguían cada día.

Yo pensaba que un pecador como yo no merecía a Dios ni Su gracia. Después de rechazar a Su Hijo Jesús vez tras vez, estaba seguro de que Dios me dejaría ir. Así que cuando el siguiente sermón fue predicado, lo escuché atentamente. Era Sábado en la noche y las ultimas palabras del sermón fueron: “Mira a Cristo - no a Adán.” Estas palabras querían decir que la salvación del pecado yace en Jesús, no en el hombre. Aun, no confié en Cristo.

La mañana siguiente, mi pecado era insoportable. Cuando se predicaba un sermón sobre Judas, yo sentí que mi pecado se hacía aún más y más pesado. Como Judas, yo miraba dentro de mí y no a Cristo. Fue entonces cuando Dios me mostró que necesitaba mirar fuera de mí y dentro de Cristo para la salvación de mi alma. Yo estaba desesperado por que Jesús perdonara mis pecados.

Al pasar arriba a ser aconsejado después del sermón, comencé a pensar sobre lo que Jesús había hecho por mí. Él fue humillado y escupido. Él fue azotado y reprendido. Él llevó todos mis pecados en Su cuerpo. Él derramó Su Sangre por un pecador arruinado como yo. Él sufrió el castigo por mis pecados. Él murió en mi lugar. Él resucitó físicamente de los muertos para darme vida eterna. Él pasó por todo esto porque me ama. Yo no había conocido su amor por mí hasta ese momento. Yo nunca había visto tal amor demostrado.

Esa mañana, por la gracia de Dios, yo vine a conocer a Jesús. Dios me dio la fe para creer en Cristo. Él hizo toda la obra para mi salvación. Mi naturaleza depravada me había detenido de confiar en Jesús. Fue Dios quien me llevó a Su Hijo. Él me mostró gran misericordia y tuvo compasión de mí, aunque yo no merecía la más mínima de ellas. Dios me dio el don gratis de salvación por medio de Jesús. El instante en que vine a Él fue lavado en Su preciosa y poderosa Sangre. Mis pecados han sido perdonados por Él. Con Su Sangre Él limpio todos mis pecados en los libros de Dios. Ahora ya estoy justificado a la vista del Dios viviente. La justicia de Jesús me ha sido imputada.

Yo nunca podré repagar lo que Jesús ha hecho por mí. He escapado del Infierno y del juicio. Ya no soy un siervo del pecado, sino un siervo de Cristo. Le doy toda la honra y la gloria a Jesús.

Testimonio 6

El sacrificio de Dios por el pecado está en Jesús Su Hijo unigénito, cuya Sangre lava nuestros pecados. Estas son verdades que he oído toda mi vida. De niño, yo pensaba sobre Dios de una manera irreal y hueca. Respecto a Su Hijo Jesús, de igual manera. Evitaba todo pensamiento serio sobre Dios o el evangelio, pensando que esos temas estaban más allá de mi alcancé intelectual. Hubo ocasiones cuando Dios me habló y se movió dentro de mí para que considerara la salvación. Tuve dolores de corazón de tensión nerviosa, por la predicación de la salvación por medio de Cristo. Pero no hubo una conexión verdadera con Jesús, ni una verdadera convicción de un Dios todopoderoso por mis pecados contra Él. Ningún pensamiento de pecado tuvo efecto verdadero en mi alma. Mi espíritu no fue molestado en profundidad.

Una larga pausa en ese estado, y una conversión falsa me llevaron a una condición totalmente muerta. Jesús no había perdonado mis pecados, y no se llevó a cabo ningún cumplimiento, ni cierre mi aceptación con Dios. Luego, después de ser confrontado con la perdición de mi alma, y por pecar contra Dios sin que me importara, Dios de nuevo por Su misericordia me habló una vez más. La pequeña voz de Dios, que había oído de chico, pero que había despedido con necedad infantil, ahora entendía. Dios la hizo clara para mi, que había roto Su ley, y había sido orgulloso y presuntuoso al no escucharlo. No podía evadir estas verdades, las cuales se me dieron a conocer a través de los sermones y del consejo, como también en reflexiones sobre sermones pasados y lecturas Bíblicas. Todas ellas fluyeron en mi mente.

En el campamento del año pasado, varios días llegando al fin tuve una batalla conmigo mismo sobre someterme a la voluntad de Dios para mi salvación. Fui movido a temer a Dios y a ver lo terrible de mis pecados ante los ojos de Él. Por primera vez en mi vida no solamente tuve un verdadero interés por mi pecado, sino que supe dentro de mi mismo que merecía cualquier castigo que Dios tuviese para mí. Al ser confrontado con lo severo de mi caso, le rogué por Su misericordia. Esto solo empeoró las cosas porque yo sabía que Dios ya me había dado mucho más misericordia de lo que merecía. Alarmado con el temor de Dios, y sabiendo que había cometido muchos pecados contra Él, traté de ver a Jesús. Yo sabía que Jesús era la respuesta para el pecado y la justificación, pero me enredé tanto en mi ver que me engañé en otra conversión falsa. Por un tiempo después estaba en gran delicia. Pero fue una emoción corta que pronto se apagó. Yo estaba otra vez allí, muerto a Dios, muerto al hombre, sin esperanza para el mañana, ni esperanza para la eternidad. Un alma perdida sin perdón, trataba de obedecerle a Dios haciendo las cosas que yo sabía le complacían. Pero de nuevo fui confrontado con el Dios-hombre Cristo Jesús, en quien no había confiado completamente. El hecho de que Jesús era real me era aparente. También acepté por completo el hecho de que Él derramó Su Sangre voluntariamente y experimentó dolor indecible para perdonar mis pecados. Pero no hubo conexión con Él, yo sentía que mi rostro aun estaba escondido de Él.

El Domingo 17 de Julio en la noche, Dr. Hymers habló sobre “Martín Lutero Respecto a la Justificación.” Él comenzaba a ponerle atención especial a la Sangre de Cristo en esa época. La Sangre estaba al frente de mi mente. La parte en Romanos 3:25 donde dice: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” de veras me pegó. Esa vez yo de veras quería tener fe en Jesús y en Su Sangre, pero parecía tan fuera de alcance para un débil hombre mortal como yo. De nuevo estuve humillado, enfermo y triste porque una cosa que parecía tan simple como ser justificado por Dios por medio de la fe en Jesucristo estaba más allá de mí.

Dr. Hymers y Dr. Cagan me aconsejaron entonces. Yo les dije que definitivamente no estaba salvo, y que no tenía fe en Jesús. Me dijeron que estaba siendo cobarde por ser estorbado por el asunto de la salvación, por consolarme en lástima por mi mismo, y no pararme y hacer la decisión responsable de hallar perdón en Cristo. También tantos años de rechazar al Espíritu de Dios y oír sermones habían hecho mi mente demasiado engañosa y retorcida para venir a Jesús de una manera “correcta” o aceptable.

Me dijeron que olvidara eso y viniera a Jesús “de cualquier modo.” Me dejaron a solas en el cuarto. Ese momento no hubo otra cosa que importaba sino Jesús. Yo sabía que Él era la expiación de Sangre que Dios había puesto para la humanidad y para mí. Me arrodillé clamando a Jesús para que me salvara. Le dije a Jesús: “Sálvame, por favor sálvame Jesús” varias veces. Yo no premedité lo que decía ni lo que pensaba como en otras veces. No hubo ningún otro recurso esa vez aparte de rogarle a Jesús por salvación por Su Sangre.

Fui completamente dado a Jesús y la gracia salvadora que Él me ofreció. No hubo lugar para nada más sino solo para Jesús y la fe en Él solo, ya no eran mis hechos, ya no era lo que yo hacía ni lo que trataba de hacer. Solamente Jesús me podía poner bien con Dios. Esto me asombra. De verdad me sorprende como Jesús es tan alcanzable a aquellos que en verdad lo quieren hallar. Yo pensaba que fallaría de nuevo al tratar de venir a Jesús. Pero cuando no dependí en mis propias fuerzas o atributos, sino que en vez miré de todo corazón a Jesús y le rogué por perdón, esa era la verdadera voluntad de Dios.

Esa fue mi hora para creer en Jesús. Él ya había consumado la obra, al derramar Su Sangre por mi pecado. Ahora solo puedo decir que toda la gloria le pertenece a Dios por el inefable don de salvación por medio de Su Hijo. Ahora puedo decir con seguridad que mis pecados son perdonados. Mi valentía está en Cristo y Su Sangre, en lo que Él hizo en la Cruz por mis pecados y cómo por medio de la fe en Él yo soy hecho justo ante los ojos de Dios. ¡Gloria al Señor!

Testimonio 7

Yo fui convertido el 26 de Enero de 2005. Yo vine a Jesús y mis pecados fueron lavados por Su Sangre. Mi conversión fue toda por la gracia de Dios. Yo simplemente vine a Jesús por medio de la fe en Su Sangre. Recuerdo el momento exacto en que paré de confiar en mí mismo y confié en Cristo.

Antes de ser convertido, pensaba que talvez si venía a la iglesia y trataba de ser una buena persona sería convertido así. Yo pensaba dentro de mí que si venía a la iglesia cada Domingo, eso me haría una buena persona y Dios me convertiría. Yo pensaba que entre más buenas obras hiciese, más cerca estaría a ser convertido. Qué equivocado estaba. Entre más confiaba en hacer buenas obras, más lejos estaba de Cristo.

Todavía pensaba como Católico. Yo iba a la iglesia Católica cuando era niño, y nunca comprendí en realidad lo que decía el sacerdote. Pero me enseñaron a creer que hacer obras humanas y confesar mis pecados me llevaría al Cielo. Mi corazón estaba tan duro que no podía sacar esa idea de mi cabeza por largo tiempo. Cuando escuchaba la predicación de Dr. Hymers, mi mente se nublaba y pensaba en algo más. No tomaba el evangelio en serio cuando Dr. Hymers predicaba sobre Jesús.

Finalmente, al pasar los meses, comencé a escuchar lo que se predicaba con cuidado. Después de la predicación iba a que me aconsejaran. Escuchaba cuidadosamente el consejo de Dr. Hymers y de Dr. Cagan respecto a la salvación. Pero todavía pensaba como Católico. El consejo no me afectaba porque yo quería hacer obras humanas y ser convertido. Yo pensaba que todavía tenía que ser salvo por hacer obras humanas. Tuve conversiones falsas vez tras vez. Muchas veces pensé que necesitaba tener un sentimiento en la conversión, que Dios me daría un corazón nuevo y una mente nueva, y que me sentiría diferente. Yo buscaba este “sentimiento” en vez de Jesús. Tener conversiones falsas fue un tiempo horrible para mí. No quería aceptar que era un pecador miserable y venir a Jesús.

Yo traté cada idea humana posible de arreglar mis propios pecados por mí mismo, tratando lo mejor que podía de no pecar más. Traté de limpiar mi vida sin la ayuda de Dios. Oh, cuán equivocado estuve otra vez. Era muy egoísta, demasiado interesado en mí mismo para pensar en Dios. Yo traté de arreglar mis propios problemas. Esa era mi excusa para no venir a Jesús.

El Espíritu Santo me despertaba a la convicción de pecado. Yo me sentía mal por mis pecados, pero solo temporalmente. Cuando iba al cuarto de consejo para ser aconsejado después del sermón, trataba de pensar en algo que decir, recordando lo que se había predicado antes, y decir algunas palabras, pero nunca tenían ningún significado y no me afectaban en lo personal. Yo no quería reflexionar en mis propios pecados sino que en los de alguien más o en la conversión de alguien más. Yo miraba a los demás, en vez de ver mis propios pecados.

Luego era el mes de Enero de 2005 durante las reuniones evangelisticas. Algo era diferente esta vez. Yo comencé a orar todos los días y a estar a solas y a pensar en mis propios pecados. Noté que la predicación del evangelio se hizo clara como cristal para mí - que la salvación es dada gratuitamente por el Señor Jesucristo. Comprendí que la Biblia es cierta en cada palabra. Creí todo lo que está escrito en la Biblia, que Jesús vino para morir en la Cruz para pagar la pena de todos nuestros pecados, y que resucitó el tercer día, carne y hueso, y está sentado ahora a la diestra de Dios.

Yo vine a Cristo como un pecador miserable sin esperanza en mí mismo, sino que con esperanza en Jesucristo. Con Dios todo es posible. La cosa más importante para mí era venir a Jesús y que mis pecados fueran lavados en Su Sangre. Yo confié en Su Sangre. Ese momento fui convertido.

(FIN DEL SERMÓN)
Tú puedes leer los sermones de Dr. Hymers cada semana en el Internet,
en www.realconversion.com. Oprime "Sermones en Español."


El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“Jesús is the Friend of Sinners” por John W. Peterson, 1971 (AM);
“Oh, How He Loves You and Me” por Kurt Kaiser, 1975 (PM).