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LAS ARMAS DE NUESTRA MILICIA

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
Sábado por la Noche, 7 de Enero, 2017

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (II Corintios 10:4-5).


Amigos, estamos en guerra. No es el tipo de guerra de la que habla el mundo. No es una guerra con extremistas Musulmanes. No es una guerra entre naciones. Es un tipo diferente de guerra. Es una guerra mucho mayor que cualquiera de éstas. No podemos ganar esta guerra con armas o granadas de mano ni bombas. Tus abuelos hicieron guerra contra Hitler con estas armas. Ganaron la Segunda Guerra Mundial, como dijo Churchill, con “sangre, trabajo, sudor y lágrimas”. La ganaron contra las abrumadoras probabilidades. El ejército de Hitler era mayor en poder que las fuerzas de Inglaterra y de América combinadas. Si Hitler hubiera ganado, habría exterminado nuestro estilo de vida. Habría terminado la larga historia del Mundo Occidental. Ahora estaríamos viviendo en un estado violento de destrucción y devastación horrible – como un vertedero de basura bombardeado. Gracias a Dios por Churchill, Roosevelt y nuestros ejércitos combinados de grandes militares que los siguieron, para destruir la dominación tiránica, creada por la locura y la furia de una Alemania controlada por ese hombre diabólico Adolf Hitler y su máquina de guerra Nazi. Sólo tengo un tenue recuerdo de esa guerra. Estaba grabada en mi cerebro infantil por los apagones, las sirenas y el miedo. Sin embargo, nuestro texto nos habla de otro tipo de guerra. No es una guerra contra un enemigo de carne y sangre. Es una guerra mucho más insidiosa y disruptiva, una batalla no contra la carne y la sangre, sino contra poderes mucho mayores que la mayoría de la gente imagina. Es una guerra contra Satanás y sus tropas de poder demoníaco.

El Apóstol Pablo lo dice muy claramente cuando dice: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne” – “No peleamos esta batalla según la carne” (II Corintios 10:3). Somos sólo hombres. No podemos vencer a este enemigo por simples medios humanos. Ningún político, ningún general o jefe comandante – no Donald Trump, ningún hombre de carne y sangre puede ganar esta guerra la más malvada de todas las guerras.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (II Corintios 10:4).

I. Primero, debemos reconocer que estamos en guerra.

El hombre promedio ni siquiera se da cuenta de que esta guerra está sucediendo. Juega como un niño en su pequeño teléfono celular. Fuma su marihuana y nunca piensa en el mal que produce. Va a jugar juegos sexuales con mujeres adúlteras y hombres pervertidos. Para él, como dijo muy bien el Dr. Tozer, “El mundo es un parque de juegos más que un campo de batalla”.

Nuestras iglesias también juegan juegos de varios tipos. Nuestros predicadores ciegos cierran sus servicios del Domingo por la noche. Nunca piensan en los jóvenes, que no tienen a dónde ir sino a la oscuridad del pecado los Domingos por la noche. No hace ninguna diferencia a estos predicadores medio-muertos. Ellos recogen todo el dinero que pueden los Domingos por la mañana – para poder tener un montón de tiempo el Domingo por la noche para ver la televisión, o encerrarse en sus estudios para mirar sin vergüenza a la pornografía, a la que son adictos, en sus computadoras. Incluso el una vez gran Instituto Bíblico Moody ahora permite el uso de alcohol y tabaco para su facultad y personal. La Universidad de Biola hizo una decisión similar el año pasado (Don Boys, Ph.D., 26 de diciembre 2016). Mi esposa y yo estábamos horrorizados cuando se sirvió cerveza y la gente bailó en la recepción de la boda del hijo de un pastor en una iglesia de la que yo fui fundador años atrás. “Cerveza, Biblia y Hermandad” se reúne para estudiar el libro de Rick Warren en una iglesia en Oxford, Connecticut. Tales eventos están ocurriendo en iglesias en toda América (Boys, ibid.).

Música salvaje se toca en muchas iglesias Bautistas durante casi una hora los Domingos por la mañana – seguido de un “sermón” seco como polvo, ¡sin Evangelio ni mención de Jesús, ni gente perdida traída por evangelismo, ni mención de cómo un pecador perdido puede ser salvo! Sí, una gran batalla está ocurriendo mientras estas personas de la iglesia están completamente ciegas a ella, mientras juegan sus pequeños juegos y piensan que son verdaderos Cristianos. Nunca van a la reunión de oración. Nunca traen almas perdidas para escuchar el Evangelio predicado. “Salid de en medio de ellos”. Nunca te unas a una iglesia así. Si ya estás en una, huye de ella, como Lot huyó de Sodoma en aquel día de juicio.

Soy viejo y gris. Pronto no estaré aquí. Pero yo encargo a cada uno de ustedes que se reúnen en nuestra iglesia que nunca se entregue a tal locura. Nunca se rindan a esa estupidez mundana. ¡Nunca cedas! ¡Nunca! ¡Nunca! Nunca. Nunca abandones los viejos himnos de los avivamientos del pasado. ¡Nunca renuncies a esa gran canción que el señor Griffith cantó hace un momento! Es la número 10 en tu cancionero. Es “Soldados Cristianos”.

Soldados Cristianos, a pelear marchar,
   Yendo por delante la cruz de Jesús:
Contra el enemigo nos guía Jesús;
   Hacia la batalla, con bandera y luz.
Soldados Cristianos, a pelear marchar,
   Yendo por delante la cruz de Jesús.

Muévase potente la iglesia de Dios;
   De los ya gloriosos marchamos en pos;
Somos solo un cuerpo y uno es el Señor,
   Una la esperanza, y uno nuestro amor.
Soldados Cristianos, a pelear marchad,
   Yendo por delante la Cruz del Señor.

Tronos y coronas pueden perecer,
   De Jesús la iglesia constante ha de ser;
Nada en contra suya prevalecerá;
   Porque la promesa nunca faltará.
Soldados Cristianos, a pelear marchad,
   Yendo por delante la Cruz del Señor.
(Traducción libre de “Onward, Christian Soldiers”
       por Sabine Baring-Gould, 1834-1924).

Se pueden sentar.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (II Corintios 10:4).

Las armas de nuestra guerra no son carnales, no son armas humanas. Son armas sobrenaturales. Deben ser armas sobrenaturales porque estamos luchando contra fuerzas sobrenaturales. Estamos luchando contra Satanás y sus demonios. Estamos luchando “contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11). Nosotros, los Cristianos, estamos luchando contra las asechanzas del Diablo. Estamos luchando contra las tretas y las ideas falsas y el pensamiento torcido que el Diablo pone en las mentes de los que no son convertidos. La Biblia dice: “Nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra… potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas…” (Efesios 6:12 NVI). Luchamos contra el Diablo y contra los demonios.

¡Si todavía no eres salvo, hay demonios trabajando en tu mente ahora mismo! El Diablo está trabajando en este momento, en esta reunión. El Diablo está poniendo sus trucos y asechanzas en tu mente ahora, mientras yo hablo. El Diablo es “el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia” (Efesios 2:2 NVI). La Biblia dice que el Diablo “está ahora ejerciendo” en tu mente y corazón.

Escucha lo que dijo Julie Sivilay antes de que fuera salva. “Dr. Hymers me dijo que estaba perdida y que fuera al cuarto de consejo. En ese tiempo temía venir a la iglesia”. Ese era el Diablo hablando en su mente y corazón. Algunos de ustedes ahora están siendo engañados por el Diablo. Digo que estás perdido, pero no quieres oírlo. No quieres oír que estás perdido, porque estás escuchando los pensamientos de Satanás, los pensamientos del Diablo. Julie dijo: “Pensé que era buena, y eso era todo lo que necesitaba en mi vida”. Había estado en la iglesia toda su vida, ¿no era suficientemente bueno? ¿Por qué Dr. Hymers me dice que estoy perdida? Yo era una buena persona. “Yo estaba orgullosa de no haber hecho las cosas que otros jóvenes habían hecho y yo tuve...orgullo de mí misma cuando pensé que no había nada malo en mí”. Ese era el Diablo trabajando en su corazón.

¿Es eso lo que piensas tú también? ¿Crees que eres lo suficientemente bueno? La Biblia dice que el Diablo “ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia”.

Julie dijo: “Yo era tan buena como podía ser. ¿Qué más quieren?... Estaba ansiosa antes cada sermón. Me sentía incómoda todos los días de la semana”. El Diablo estaba trabajando en ella, diciéndole que era buena. Decirle que no necesitaba ser salva. Que era una buena persona. Que otros eran más pecadores que ella. Ellos necesitaban ser salvos. ¡Pero no ella! Ya era una persona bastante buena. Eso era del Diablo. Ella estaba en manos de Satanás. Era una esclava del Diablo. Ella estaba encadenada al Diablo porque creía en su mentira de que ella era lo suficientemente buena, que otros necesitaban ser limpiados con la Sangre de Jesús. Pero no ella. Después de todo, ella venía a la iglesia todos los Domingos. Después de todo, ella leía la Biblia y oraba. “¿Qué más quieren?” Y a Julie no le gustó que le dijera que estaba perdida sin la Sangre de Jesús. Pero por la gracia irresistible de Dios fue traída a nuestra iglesia.

¿Por qué seguía viniendo? Una amiga que ella trajo con ella a nuestra iglesia estaba tan molesta cuando le dije que necesitaba ir al cuarto de consejo que nunca regresó. Esa joven escuchó al Diablo y volvió a su vieja iglesia donde nadie le dijo nunca que estaba perdida. Esa otra muchacha escuchó al Diablo y huyó de esta iglesia porque no quería oírme predicar contra su pecado. Julie me contó cuál era su pecado. Era un pecado sucio y ella no quería renunciar a él. Ella huyó de la verdad y puede que nunca sea salva – porque obedeció a su amo de esclavos, el Diablo.

Hay personas en esta sala como ella. Estás encadenado por el Diablo. Amas tu pecado. Te encanta tu pornografía. Te encanta tu suciedad. Amas como eres. Sin siquiera darte cuenta, ¡te has convertido en esclavo del Diablo!

Pero el peor pecado que tienes es un corazón que rechaza a Jesús. Él quiere salvarte y limpiarte del pecado con Su Sangre. Pero empujas todos los pensamientos de Jesús de tu mente y continúas en tu pecado.

II. Segundo, las armas de nuestra milicia.

Nuestro texto dice: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas”. Las armas que usamos contra las mentiras del Diablo son principalmente la oración y la ley de Dios, la ley que dice que eres un pecador perdido.

Por eso debemos orar con todo nuestro corazón para que los perdidos sean conscientes de su pecado. Hay personas en esta iglesia esta noche que no serán salvos a menos que oremos por ellos con gran valor y lágrimas. Sólo cuando oramos con lágrimas veremos que los pecadores perdidos llegan bajo la convicción del pecado. Debemos orar como Isaías,

“Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes [de pecado]” (Isaías 64:1).

Debemos orar, como nunca antes hemos orado, para que el Espíritu de Dios venga y convenza a las personas perdidas de su pecado. Convencerlos del pecado de mirar la pornografía. Convencerlos del pecado de odiar a sus padres. Convencerlos del pecado de orgullo de su propia bondad. Convencerlos del pecado de rechazar a Jesús.

Y debemos predicarles la ley. La oración y la predicación de la ley son las armas principales de nuestra guerra contra el Diablo y sus mentiras. Y yo le prediqué la ley Domingo tras Domingo a Julie. Ella dijo: “Era casi como que Dr. Hymers comenzó a predicar directamente contra mi pecado. Él predicó acerca de cómo los niños pecadores se vuelven contra sus padres, y me rompí a llorar. Ese fue un [pecado] que Dios comenzó a tratar conmigo. Yo era [realmente] una niña horrible, especialmente para mis padres. Era un acto para ocultar mi odio hacia mi padre. El Espíritu Santo me mostró que yo no era realmente una buena persona. Realmente no era una buena persona. Yo no era tan buena como la gente me veía, y como yo pensaba que era. Yo era una persona terrible, y yo era egoísta y era muy orgullosa, y me sentí tan avergonzada de mí misma, y de cómo era por dentro. Necesitaba desesperadamente el perdón, y sin embargo me sentía tan indigna de ello. Me sentí pecadora y mala. ¿Cómo podría alguien perdonar a una pecadora tan engañosa como yo?” Las armas de la oración y la predicación de la ley habían matado al poder del Diablo sobre ella. “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (II Corintios 10:4). Las fortalezas de Satanás son tan poderosas. Son las fortalezas en tu corazón que te mantienen en la prisión de Satanás. Se necesita el poder de Dios para derribar los muros de la prisión de Satanás y liberarte. ¿Cuál es tu fortaleza? ¿Qué te mantiene encerrado en la prisión del Diablo? ¿Es pornografía? ¿Son las drogas? ¿Es el pensamiento que eres lo suficiente bueno, el pensamiento que no necesitas ser convertido porque vienes a la iglesia y lees la biblia y oras? ¿Es esa la forma en que el Diablo te mantiene encerrado en su fortaleza – en su prisión?

¡Gracias a Dios que nuestra gente oró mucho para que Julie fuera liberada! Gracias a Dios que yo prediqué la ley, y le dije en cada sermón que estaba perdida.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (II Corintios 10:4).

Julie vino a verme después del sermón. Ella dijo, “Dr. Hymers me dijo que Jesús murió en la Cruz en mi lugar, y que el juicio [de Dios] cayó sobre Él para que no cayera sobre mí. Ahora sé por qué necesitaba a Jesús y a Su Sangre...Necesitaba a Jesús para que mis pecados fueran completamente lavados [por Su Sangre]. Dr. Hymers me dijo que Jesús me amaba y me salvaría sin importar el pecado que hubiese tenido en mi vida. Él me dijo que confiara en Jesús. No podía soportarlo más. Mi rostro estaba empapado en lágrimas y estaba lista para confiar en Jesús...Arrodillada, confié en Jesús. Confié en Jesús, no en mi bondad. Puse mi confianza en Jesús y Su Sangre...Ya no dependía de lo buena que podía ser y deje ir mi orgullo. ¡Confié en Jesús y Él me salvó!”

¡Qué maravilloso testimonio! ¡Ahora Julie es salva, y ella es mi amiga! Realmente creo que ahora es Cristiana. Y espero bautizarla en un futuro cercano.

¿Te hablaron sus palabras esta noche? ¿Has sentido lo pecaminoso que eres? ¿Has visto tu propia necesidad de confiar en Jesús y ser limpiado de todo tu pecado por la Sangre que derramó sobre la Cruz? Jesús te ama tanto. ¿Quieres venir a hablar conmigo, y John Cagan, y Dr. Cagan acerca de confiar en Jesús? Mientras todos suben a comer, ¿vendrás aquí y nos dejarás aconsejarte y orar contigo? Si necesita ir al baño, ve y luego regresa aquí – o simplemente ven aquí ahora. ¡Dios bendiga la comida y bendiga a cada persona que confía en Jesús esta noche! ¡Amén!

Párate y canta el himno número once en tu cancionero. Canta “Mi Visión Llena”. Es la número once en tu cancionero.

Mi visión llena, oh, Salvador,
   Que solo vea a Jesús hoy;
Aunque el valle me guíes pasar,
   Tu gloria sin fin me rodeará.
Mi visión llena, bello Jesús,
   Haz que Tu gloria brille en mí ser.
Mi visión llena, que vean todos
   Tu imagen santa reflejada en mí.

Mi visión llena, que nada vil
   Oscurezca la luz interior.
Que vea solo Tu bella faz,
   Susténtame con Tu gracia eternal.
Mi visión llena, bello Jesús,
   Haz que Tu gloria brille en mí ser.
Mi visión llena, que vean todos
   Tu imagen santa reflejada en mí.
(Traducción libre de “Fill All My Vision”
        por Avis Burgeson Christiansen, 1895-1985).


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(FIN DEL SERMÓN)
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La Escritura Leída Antes del Sermón: II Corintios 10:3-5.
El Solo Cantado Antes del Sermón por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith:
      “Onward, Christian Soldiers” (por Sabine Baring-Gould, 1834-1924;
versos y coro, versos 1, 2 y 3).


EL BOSQUEJO DE

LAS ARMAS DE NUESTRA MILICIA

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (II Corintios 10:4-5).

(II Corintios 10:3)

I.   Primero, debemos reconocer que estamos en guerra, Efesios 6:11, 12;
Efesios 2:2.

II.  Segundo, las armas de nuestra milicia, Isaías 64:1.