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EL CAMINO NO ELEGIDO

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Noche del Día del Señor, 11 de Octubre, 2015

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios” (Romanos 3:9-11).


El Apóstol Pablo dice que los Cristianos no son mejores que los demás, “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? “En ninguna manera [¡para nada!]; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9). Luego dice:

“No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).

“No hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios” (Romanos 3:11 NIV).

“No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18).

Yo entré al ministerio la mañana del Domingo de Resurrección de 1958. Tenía 17 años. ¡No entré al ministerio porque era justo! Yo no era justo. ¡Yo era pecador! ¡No entré al ministerio porque estaba buscando a Dios tampoco! ¡Yo estaba huyendo de Dios! ¡Yo estaba tratando de hacerme sentir bien! Yo era como el chico Jack Horner en los cantos de cuna:

El chico Jack Horner
Sentado en la esquina,
Comiendo su pudín de Navidad;
Metió su pulgar
Y sacó una ciruela,
Y dijo: “¡Qué buen chico soy!”

Eso me describe bastante bien. Yo estaba tratando de ser Cristiano por ser bueno. Pensé que hacerme predicador me haría bueno – y yo sería un Cristiano. El hecho es – que yo era un miserable pecador que no entendía el Evangelio para nada. No había verdadero temor de Dios delante de mis ojos. ¡Yo pensaba que Él iba a ver lo “bueno” que era yo, y eso sería todo! Yo le decía a Dios: “¡Ves que buen chico soy yo!” Y sin embargo, no creo que hubiera sido salvo si no me hubiera rendido a predicar – y luego fracasado. Fue en el dolor de corazón de mi fracaso que Jesús vino a mí. Pero aun entonces yo sabía lo que se necesitaba decir. Y si yo no lo decía, nadie lo diría, o al menos no lo dirían muy bien.

¡Te puedo decir esta noche que finalmente fui salvo, tres años después, por la pura gracia de Dios! Después de eso seguí predicando, pero ahora como deudor. “¡O, que gran deudor soy a la gracia a diario soy!” Entonces yo ya no lo hacía para ganar la salvación, ¡sino para mostrar mi gratitud a Dios por salvarme por medio de la Sangre de Su Hijo! Así que no tengo de qué jactarme. ¡Solo me puedo jactar de la Sangre de Jesús que me limpió y me salvó!

Cuando vi al hijo del Presidente Reagan en la Tv la otra noche, admito que sentí ganas de retorcerle la nariz. Pero ese sentimiento no salió de mi nueva naturaleza. Después sentí pesar por el pobre hombre. Se veía tan viejo y raro, tan torcido y enojado. ¡Él lo tenía todo! Le compraron caballos, lo enviaron a escuelas privadas, y le dieron lo mejor de todo. ¡Después de todo, su papá era el Presidente de Los Estados Unidos! Pero Ron Reagan odiaba a su padre. Él hizo lo que sabía que heriría a su padre por sobre todas las cosas. Se volvió ateo. Eso preocupaba al Presidente Reagan por años, y Ron lo sabía. Se deleitaba en herir el corazón de su padre. Sonreía con ironía al picarle el ojo a su padre y retorcía la nariz a su padre. Yo vi a Ron en la tele, en un comercial la semana pasada. Él dijo:

Soy Ron Reagan, ateo sin pena, y estoy alarmado por las intrusiones de la religión en nuestro gobierno secular. Es por eso que te pido que apoyes [a la fundación de libertad de la religión] Freedom From religión Foundation, la asociación más grande y más eficaz de ateos...trabajando para mantener a la iglesia y al estado separados ... [sonrisa irónica] Ron Reagan, ateo de toda la vida, sin miedo de quemarse en el infierno.

Su padre ha estado muerto más de diez años – pero Ron todavía le pica el ojo – con una sonrisa “irónica” en su rostro torcido. Pero para mi Ron Reagan no se ve un hombre muy feliz. Su rostro parece derretirse, como la pintura de Dorian Grey por Oscar Wilde, o una cabeza que se derrite en la “Casa de Cera” con Vincent Price, a quien comienza a parecerse. No me gustaría pasar una noche solo en una casa oscura con Ron.

Es fácil ser como Ron Reagan hoy. Hay tantas personas como él. De hecho se están volviéndo en la mayoría. Al igual que el chico que le disparó a toda esa gente en una universidad en Oregon la semana pasada. A cada uno le preguntó cuál era su religión. Si decían que eran Cristianos les disparaba en la cabeza. Si decían que no creían en Dios, los dejaba ir. Es más y más fácil ser como Ron Reagan hoy porque más y más gente piensa así. Es lo que los sociólogos llaman “el síndrome de manada”. Todo el mundo lo está haciendo – sigamos a la manada. Esa es la manera en que fumar se hizo popular. Durante la Primera Guerra Mundial las fuerzas armadas comenzaron a darle cigarrillos a nuestros soldados. Para el final de la Segunda Guerra Mundial casi todo el mundo estaba fumando. Cuando yo estaba en la escuela secundaria pensaban que eras raro si no fumabas. Hoy, cuando le digo a la gente joven que yo fumé por unos siete años sus ojos se abren bastante, como si fuera extraño. En realidad, no lo era. Me uní a la manada. Todos fumaban, así que me fui con la manada. Finalmente dejé de fumar para hacerme predicador Bautista.

Después, cuando estuve en la universidad yo tenía un amigo muy cercano que se llamaba Ben. Hicimos muchas cosas juntos. Él incluso trajo a mi madre hasta San Francisco cuando me gradué del seminario Golden Gate Seminary. Nos escribíamos. Éramos muy buenos amigos. Pero él decidió hacerse psicólogo. Mientras trabajaba para conseguir su título, poco a poco, gradualmente me dejó atrás. No me uní a la manada con los otros en el seminario liberal. Pero Ben se unió a la manada con los psicólogos seculares con los que estudió. Hoy soy casi el mismo que era hace 40 años, porque no fui con la manada. Pero Ben se unió a los secularistas. Hoy soy un predicador Bautista y Ben es un ateo. Ni siquiera quiso hablar conmigo cuando le llamé por teléfono hace unos años. Yo nunca discutí con él, pero simplemente ya no quiso oír mi voz. Eso me hizo pensar en el pequeño poema de Robert Frost, “El Camino No Elegido”.

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

Ben se unió a la manada y tomó el camino fácil. El Dr. A. W. Tozer dijo: “Es más fácil seguir el gusto publico degenerado que pensar por uno mismo” (God Tells the Man Who Cares Dios le Dice al Hombre que se Interesa). “Yo tomé el camino menos transitado, y eso hizo toda la diferencia”.

Jesús dijo: “y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:12, 13). Los que estudian la historia dicen que nuestra civilización y estilo de vida llegarán a un final. Yo creo que están en lo cierto. Así que me volví contrario, una persona que tiene una opinión contraria, con una opinión diferente de las cosas. Los liberales dijeron que yo era obstinado, terco, testarudo, revoltoso. Pero yo me veía a mi mismo tomando el camino menos transitado. Me dijeron que lo iba a perder todo si no me unía y me iba con la “manada”. Yo defendí la Biblia cuando hablaban contra ella. Yo contestaba a los críticos hasta que un profesor dijo: “Si no paras nunca serás el pastor de una iglesia Bautista del Sur”. Yo dije: “Yo no quiero serlo si eso es lo que cuesta”. Cuando dije eso, y lo creí, fui libre – libre de ser esclavo de nadie sino solo de Jesús, no atado por una institución, cautivo solo de la Palabra de Dios, como lo fue Lutero.

Dijeron que me arruinaría. Pero estaban equivocados. Cien mil personas leen mis sermones todas las semanas – en 32 idiomas en el Internet. Ahora que tengo 74 años comienzan a decir: “Tal vez Hymers tenía razón después de todo”. Y después de que haya muerto todos hablarán bien de mi.

Yo no comencé siendo contrario. Yo comencé para ser misionero, un predicador, nada más. Pero me decían que yo tenía que decir cosas que yo no creía, y creer cosas que yo sabía estaban mal. Dijeron: “¿Quién eres para hablar con tal autoridad? ¡Vienes de un hogar roto! ¡Tus padres están divorciados! ¡No tienes apoyo! ¡No tienes dinero! ¿Qué derecho tienes tú de hablar como una gran personalidad contra lo ya establecido? ¡Siéntate y cállate, Robert Hymers!

Cuando no me senté ni me callé, lanzaron acusaciones contra mí y dijeron mentiras contra mi. Me sentí solo. Sentí que no podría continuar. Pero Jesús me susurró: “Tú estás en el camino correcto, el camino que el resto no toma, pero es el camino correcto. No te rindas. Sigue”. Entonces comprendí lo que David quiso decir cuando dijo:

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, Para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron...Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá. Enséñame, oh Jehová, tu camino, Y guíame por senda de rectitud A causa de mis enemigos. No me entregues a la voluntad de mis enemigos; Porque se han levantado contra mí testigos falsos, y los que respiran crueldad. Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová” (Salmo 27:1-2, 10-14)

Así, el Salmo 27 se volvió la historia de mi vida, “el Salmo de mi vida”.

No llegué a donde estoy esta noche por ninguna bondad en mi. Hubo un tiempo cuando no había temor de Dios delante de mis ojos. Hubo un tiempo cuando no buscaba a Dios. Hubo un tiempo cuando yo no tenía justicia, ni fe verdadera, ni esperanza. Hubo un tiempo cuando yo era extranjero de la mancomunidad de Israel, un extranjero de los pactos de promesa, “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Pero Jesús me llamo a Él Mismo. Él abrió mis ojos. Él puso óleo y vino en mis heridas. Él me alzó, “Porque por gracia [fui] salvo por medio de la fe; y esto no de [mi mismo], pues [fue] don de Dios” (Efesios 2:8).

Luego llegó el tiempo realmente malo. Yo estaba solo, lejos de casa, en el seminario liberal. Era muy tarde en la noche. Me desperté con un sobresalto. Una voz interior dijo “acepto en el Amado”. Dije: “¿Qué?”. “Eres acepto en el Amado”. Limpiando el sueño de mis ojos, abrí mi concordancia y busqué la palabra “acepto”. Allí estaba, en Efesios 1:6 “nos hizo aceptos en el Amado”. El dormitorio estaba callado. No había ni un sonido. Caminé hacia la noche. El viento azotaba desde el océano y me helaba hasta los huesos. Azotando, azotando, azotando – el viento soplaba en mi cara y por mi cabello. Y en el viento Dios me dijo: “Nunca olvidarás esta noche. Largos años después de hoy vas a recordar esto, y te recordarás que te dije que tu trabajo principal comenzaría entonces, cuando fueras anciano. Vuelve ahora a tu cama. Ahora hablarás por mí. No tendrás miedo entonces. Estaré contigo. Ahora vuelve a la cama”. ¿Fue eso mi llamado a predicar? No, era más una profecía que un llamado. El único “llamado” que tuve fue saber que si no yo hablaba, no sería dicho. Y necesitaba desesperadamente ser dicho – y otros tenían miedo de decirlo, así que si yo no lo decía, nadie lo haría, o al menos no lo dirían muy bien. Me sentí como el profeta cuando dijo:

“Cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude” (Jeremías 20:7-9).

Vez tras vez, a través de los años, he pensado, “No hables sobre eso (lo que haya sido). Déjalo ir. Que otros hablen. Haz hecho suficiente”. Y entonces Dios susurra: “Está bien. No tienes que hacerlo – pero recuerda, si no lo dices nadie lo dirá, o al menos no lo dirán muy bien”. Como lo pone una traducción moderna:

“Si digo: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jeremías 20:9 NVI).

Ese es mi llamado a predicar. No hubo luces intermitentes, ni truenos, ni emoción – solamente esto: “Si no lo dices tú nadie lo dirá. Está bien, no tienes que hacerlo, pero si no lo dices nadie lo hará, o al menos no lo dirán muy bien”. Ese pensamiento simple ha sido mi llamada a predicar desde adolescente – aun antes de que fuera salvo – aun hasta esta noche, cuando no tuve ganas de predicar este sermón, y ninguna idea de donde comenzar. Comenzando solo con un rayo de enojo con Ron Reagan, y la idea de defender el honor del Presidente – le dije a Dios, “¿Cómo puedo hacer un sermón de eso?” Y Dios me susurró: “Solo comienza a escribir, y yo te diré qué decir”.

Como en cualquier otro sermón, tengo que rogarte que te voltees a Jesús. Él está allí, vivo y bien, sentado junto al trono de Dios. No es solo por deber, sino con gozo, que te pido que vengas a Él. Él ha perdonado mi pecado – y yo sé que Jesús perdonará el tuyo también. Él me ha dado vida y gozo y esperanza – y yo sé que Él te dará eso a ti también. Él se dio a Sí Mismo para ser crucificado en tu lugar, para rescatar tu alma del juicio y del Infierno. Él derramó Su Sangre preciosa para limpiarte de todo pecado, y vestirte en Su justicia.

¡Jesús! Dulce es Tu nombre para mí,
   Pues quita mi temor;
Es música, salud y paz,
   ¡Al pobre pecador!

Rompe cadenas del pecar,
   Al preso librará;
Su sangre limpia al ser más vil;
   ¡Gloria a Dios soy limpio ya!
(Traducción libre de “O For a Thousand Tongues”
      por Charles Wesley, 1707-1788).

Dr. Chan, por favor guíenos en oración.

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(FIN DEL SERMÓN)
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La Escritura Leída por el Sr. Abel Prudhomme Antes del Sermón: Romanos 3:9-18.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“Jesus Loves Even Me” (por Philip P. Bliss, 1838-1876).