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Cuando le escribas a Dr. Hymers, siempre dile en qué país vives o él no te podrá contestar. El correo electrónico de Dr. Hymers es rlhymersjr@sbcglobal.net.




¿QUÉ PENSÁIS DEL CRISTO?

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Noche del Día del Señor, 10 de Mayo, 2015

“¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42).


Hoy es el Día de la Madre en los Estados Unidos. Este día fue creado para hacernos pensar en nuestras madres. Me alegra que lo tenemos este día. Pero lo que tengo que decir hoy puede ayudar a las madres en todas partes del mundo, ya sea que en tu país tenga “El Día de la Madre” o no. Todos tenemos una madre. Hoy debemos pensar en ella, y darle gracias a Dios por ella.

Mi propia madre fue muy importante para mí. Ella falleció en 1997, pero todavía vive en mi memoria y en mis pensamientos. Churchill dijo una vez: “Mi más grande maestra fue mi madre”. Yo podría decir lo mismo. Ella moldeó y dio forma a mis pensamientos en muchas maneras diferentes. Ella me enseñó a amar los libros y a disfrutar leerlos. Ella me enseñó que todos somos iguales, no importa la raza. Mucho antes de que el Dr. King lo dijera, mi madre me enseñó a no juzgar al hombre por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter. El héroe favorito de ella era Abraham Lincoln. Ella decía: “¡Fue un hombre maravilloso, Robert! ¡Él liberó a los esclavos!” Yo sé que hoy se burlan de él. Pero muchos de los hippies se burlan de todos, ¿verdad? ¡Me gustaría ver a uno de ellos hacer la mitad de lo que él hizo! ¡Cuando uno de tus profesores de la universidad se burle de Lincoln, dile eso! “¡Me gustaría verle hacer la mitad del bien que él hizo!” ¡Pero prepárate para que él baje tu calificación!

Mamá también me enseñó a pedir perdón cuando me portaba mal. Pero ella también me enseñó a pararme y hablar en contra de las cosas que estaban mal. Alguien que me conozca bien podrá decir: “¡Bueno, esa es una descripción de quien es usted!” Sí, mi madre fue mi más grande maestra en muchas cosas importantes. Ella hasta me enseñó a no creer en cosas supersticiosas, y a tener cuidado de modas religiosas y doctrinas extrañas. Aún así mi madre siempre creyó en Dios.

Pero mi madre no me enseñó cómo ser un verdadero Cristiano. Ella misma no se convirtió en Cristiana hasta que tenía ochenta años. Fue entonces que mi madre confió en Jesús y fue salva y limpiada de todo pecado por Su Sangre preciosa. Siempre estaré agradecido de que ella fue salva a los ochenta. Pero me gustaría que hubiera sido salva siendo niña pequeña. Tuve que esperar muchos años antes de que ella llegara a conocer a Jesucristo mismo. Ella era una señora dulce, pero ella no era salva.

Si has sido traída a este servicio por uno de tus hijos, debes estar muy agradecida. No debes estar enojada o molesta con ellos. ¡Ellos te trajeron aquí esta noche porque te aman! Ellos te quieren muchísimo, tanto que quieren que conozcas a Jesús de una manera nueva y viva. El regalo más grande que un hijo puede dar a su madre es compartir a Jesús con ella.

Cuando yo estaba en la universidad tuve que tomar mis clases de noche. Tenía empleo de tiempo completo en el día. El último empleo que tuvo antes de graduarme de la universidad era en el correo del Departamento de Recursos de Agua, en el Centro de Los Ángeles. Parte de ese trabajo requería que yo manejara hasta Palmdale todas las tardes a entregar correo de la oficina del Centro. Esto era cuando no había gran autopista todavía. Era un camino largo en aquellos días, subiendo las montañas y por el desierto. En la primavera las amapolas anaranjadas y altramuces azules crecieron a lo largo del camino. Sabía lo mucho que mi madre amaba esas flores silvestres. Casi todos los días yo llevaba una botella de Coca-Cola vacía conmigo. Yo paraba en el camino y recogía amapolas y altramuces y los ponía en agua en la botella de Coca-Cola. Por la noche se las llevaba a mamá. Sus ojos eran tan azules como los altramuces que amaba. Cuando le daba las flores en aquella vieja botella su rostro se iluminaba de felicidad. El Viernes pasado fui a su tumba a poner flores azules allí. Podía ver su cara sonriente en mi mente.

Parece algo pequeño darle flores a tu mamá. Ella merece mucho más. Pero el regalo más grande es ayudar a tu mamá a conocer a Jesús. Jesús es un don que la bendecirá por todo el tiempo y toda la eternidad.

Si mamá no es Cristiana renacida es parte porque no sabe quién es Jesús, y por qué Él es de mayor importancia. Los Fariseos eran la mejor gente en Israel. De hecho, eran la mejor gente del mundo. Ellos creían la Biblia. Ellos creían en Dios. Creían en los ángeles. Creían en Satanás. Creían en vidas limpias. Tenían buenas familias. El divorcio casi ni se oía. Ayunaban todas las semanas, y oraban a Dios todos los días. Pero eran como mi dulce mamá, los primeros ochenta años de su vida. Ellos no conocían a Jesús como su Salvador.

Jesús estaba allí con ellos. Pero ellos no lo conocían. Yo tenía un tío llamado Robert Porter Elliott. Todos lo llamaban Porter. Fue un soldado fuerte de edad, en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea. Viví con él en la misma casa durante unos dos años. Pero siempre tenía miedo de él. Casi nunca hablaba. Llegaba del trabajo con el ceño fruncido en su rostro. No hablaba – casi nada. Se sentaba en una silla sola, leyendo un libro y fumando un cigarrillo tras otro. Luego se iba la cama en silencio. Si hacías algo mal, él te ladraba. Tenía miedo de acercarme a él o incluso de hablar con él.

Mi madre trajo Porter y su esposa a la iglesia con ella un par de veces a oírme predicar. Esto fue hace casi cuarenta años, cuando comenzó nuestra iglesia. Entonces Porter y su esposa dejaron de venir. Una semana más tarde me sorprendí al verlo entrar por la puerta de la iglesia solo. Él empezó a venir todos los Domingos – por sí mismo. Su esposa trató de detenerlo, pero no pudo. Él le dijo: “Esto es algo para mí. Quiero esto”. Yo lo bauticé ese verano en el océano en Santa Mónica. ¡Estaba tan feliz como un niño pequeño! Nunca lo había visto así – ¡ni una sola vez! ¡Ahora, por primera vez en su vida, él era un hombre feliz! Espero poder ver a tío Porter en el Cielo. ¡Lo que un día de regocijo será!

Yo te hablé de mi tío por una razón. Yo lo había conocido toda mi vida. ¡Pero yo realmente no lo conocía en absoluto! Debajo de su cara de duro soldado había una persona que nunca conocí. ¿Podría ser que no conoces a Jesús más de lo que yo conocía a mi tío? ¿Podría ser que sólo has conocido acerca de Jesús sin realmente conocerlo a Él como una persona viva en tu vida?

Así era con los fariseos. Ellos sabían acerca de Jesús. Ellos sabían que Él sanó a los enfermos. Ellos sabían que Él levantó un hombre llamado Lázaro de entre los muertos. Sabían que le abrió los ojos de un ciego de nacimiento. Sabían todos esos hechos acerca de Jesús. Pero ellos no conocían a Jesús Mismo.

Jesús les preguntó: “¿Qué pensáis del Cristo?” Ellos no pudieron responderle. Pararon de tratar.

“Y nadie le podía responder palabra; ni [quiso] alguno desde aquel día preguntarle más.” (Mateo 22:46, KJV, NASV).

No pasó mucho tiempo antes de que lo arrestaran. Ellos le escupieron en el rostro y le golpearon con sus manos. Lo arrastraron ante el gobernador Romano. Ellos gritaron, “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” El gobernador hizo que lo azotaran en la espalda hasta que casi llegó a la muerte. Los soldados Romanos empujaron una corona hecha de espinas sobre Su cabeza. Le hicieron llevar una cruz al lugar de la ejecución. Ellos clavaron sus manos y pies a la cruz de madera. Ellos gritaron y se burlaron de Él mientras Él sufría en aquella Cruz. Y allí murió. El centurión Romano cayó de rodillas ante la cruz y dijo: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. La tradición nos dice que este soldado bruto se convirtió en uno de los primeros Cristianos. Ellos pusieron el cuerpo muerto de Jesús en una tumba y la sellaron. Tenían soldados Romanos custodiando la tumba. El estaba muerto. Ellos pensaron que nunca volverían a tener que tratar con la pregunta: “¿Qué pensáis del Cristo?” Pero el Domingo de Pascua por la mañana Jesús resucitó físicamente, carne y huesos, de entre los muertos.

Han pasado casi dos mil años. Y sin embargo, cada uno de nosotros está siendo confrontado todavía con la pregunta, “¿Qué pensáis del Cristo?” ¿Qué crees tú acerca de Jesús?

Algunas personas dicen que era un impostor. Pero, ¿cómo podría un impostor resucitar de entre los muertos? Algunos dicen que él era sólo un maestro. Pero, ¿cómo podría un maestro resucitar de entre los muertos? Muchas personas dicen que Él era solo un profeta. Pero, ¿cómo podría un profeta resucitar de entre los muertos? La Biblia dice que el centurión Romano tenía razón. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. Pero, más que eso, Él es el Hijo de Dios – ¡Él es el “Hijo unigénito” de Dios! Él vino, vivió, murió en la cruz, resucitó corporalmente de entre los muertos. Él hizo todo para salvarnos de nuestros pecados. La Biblia dice:

“No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

El Apóstol Pablo dijo: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (I Timoteo 1:15). Él pagó por nuestros pecados en la Cruz. Su Sangre puede limpiarnos de todo pecado. Él está vivo ahora mismo, a la diestra de Dios el Padre. Tú puedes venir a Él y confiar en Él. Y cuando lo hagas, serás salvo. Él me salvó el momento que yo confié en Él. Él salvó a mi preciosa mamá el momento en que ella confió en Él solo. Él salvó a mi tío Porter el momento en que le confió a Él. Y Jesús te salvará a ti el minuto mismo en que tú vengas a Él y confíes en Él. Un viejo himno lo dice bien:

A Jesús ven, a Jesús ven,
Y confía en Él.
Él te salva, Él te salva,
Él te salvará.
   (Traducción libre de “Only Trust Him” por John H. Stockton, 1813-1877).

Tú puedes decir: “Yo confío en Jesús. He confiado en Él toda mi vida”. Yo hubiera dicho lo mismo antes de ser salvo. Pero en realidad estaba confiando en mi propia bondad. Yo era un “niño bueno” – al menos a mis propios ojos. Yo trataba bastante ser bueno. Y la gente decía que yo era bueno. Pero mi corazón me decía que yo era pecaminoso. Yo era pecador, y no podía ser bueno lo suficiente para complacer a Dios. Pero seguía confiando en mí mismo – que podía ser bueno lo suficiente. ¡Pero no funcionó! ¡No tenía paz interior, no importaba cuanto bien yo hacía! Luego un día Jesús vino a mí y me salvó. Yo confié en Él en vez de en mí mismo. ¡Él me limpió de todo pecado con Su Santa Sangre – y yo fui salvo!

¡Salvo! ¡Salvo! ¡Mis pecados perdonados,
   Mi culpa quitó!
¡Salvo! ¡Salvo! Soy salvo por la sangre
   del crucificado!
(Traducción libre de “Saved by the Blood” por S. J. Henderson, 1902).

Tal vez no entiendas todo. Quizá no sepas mucho de la Biblia. ¡Pero serás perdonado de todo tu pecado, y serás salvo por todo el tiempo – y a través de las edades de la eternidad – el mismo momento en que pongas tu confianza en Jesús, el unigénito Hijo de Dios! ¡Qué confíes en Él pronto! Amén.

(FIN DEL SERMÓN)
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en www.realconversion.com o www.rlhsermons.com.
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Puedes enviar un correo electrónico a Dr. Hymers a rlhymersjr@sbcglobal.net
(Oprime Aquí) – o puedes escribirle a P.O. Box 15308, Los Ángeles, CA 90015,
Estados Unidos. O llámarle por teléfono a (818)352-0452.

Estos manuscritos de sermones no tienen derechos de autor. Los puedes usar sin la
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La Escritura Leída por el Sr. Abel Prudhomme Antes del Sermón: Mateo 22:41-46.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“No One Ever Cared For Me Like Jesus” (por Charles F. Weigle, 1871-1966).