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DISCRIMINACIÓN ETERNA

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Tarde del Día del Señor, Diciembre 29, 2013

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46).


Yo crecí en una época en que la discriminación racial era una fuerza poderosa en Estados Unidos. Me escapé de eso porque mi madre me enseñó que era pecado. Desde mis primeros años me acuerdo que me dijo que todas las personas son iguales ante los ojos de Dios. Nuestra conversación fue algo como esto. Mi madre dijo: “Robert, tú no decidiste qué raza serías, ¿verdad?” Le dije, “No, mamá”. Ella dijo: “Nadie más tampoco, así que trátalos a todos igual”. Pero nunca me di cuenta de lo terrible que es ser discriminado racialmente hasta que crecí. Entonces sentí el aguijón de la discriminación racial porque yo era un hombre blanco. Tomó una fuerte dosis de la medicina racial tolerante de mi madre parar no permanecer amargado. Sin embargo, por la gracia de Dios, ¡Él usó esa experiencia para hacerme un hombre para toda la gente! Yo nunca podría haber sido capaz de fundar y pastorear esta iglesia en el centro cívico de Los Ángeles sin las enseñanzas de mi madre y esas experiencias en mi vida.

Algunos años más tarde me di cuenta de que ni siquiera pienso en la raza de una persona cuando la conozco. Esa es una cualidad poco común, y doy gracias a Dios por habérmela dado a mí. Nunca podríamos haber tenido esta iglesia si Dios no hubiera quemado todo rastro de discriminación racial de mi corazón. Un misionero que recientemente visitó nuestra iglesia dijo: “Me quedé agradablemente sorprendido por la diversidad étnica en tu congregación. ¡Es igual como será el Cielo!” ¡Sí! En el Cielo, vamos a cantar a Jesús:

“Porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Siento pena por los pastores en las zonas de transición racial. Ellos frecuentemente tratan de salvar sus iglesias blancas poniendo a los Hispanos o Asiáticos en otro edificio, en una sala de la Escuela Dominical, con un pastor de su propia raza. Pero eso casi nunca funciona. Casi siempre la iglesia blanca disminuye hasta que es demasiado pequeña para mantener el edificio. Usualmente el edificio termina en las manos de una secta, o un grupo Cristiano extraño. Siento pena por los pastores que son demasiado tímidos para integrar sus congregaciones. ¡Los Pentecostales integraron sus iglesias hace más de cien años! ¡Nuestras escuelas públicas se han integrado desde hace más de 50 años! Aquí estamos en el siglo veintiuno. ¿No es hora, por el amor de Dios, que todas nuestras iglesias Bautistas fundamentales se integren también? Sé que algunas personas van a dejar de ver este sitio del Internet porque dije eso. ¡Pero tengo que decirte la verdad! Cualquier iglesia que no está hoy integrada es un mal testimonio para Jesús. ¡Y tener un grupo Asiático o Hispano escondido en un cuarto de la Escuela Dominical no cuenta! Una iglesia no está totalmente integrada hasta que todas las personas adoren juntas al mismo tiempo – con el mismo pastor.

Pero la discriminación racial no es el tema de mi sermón de esta noche. Los sociólogos dividen todas las personas en grupos raciales – de acuerdo con el color de su piel, la forma de sus cabezas, y así sucesivamente. Pero los Cristianos dividen la raza humana en dos clases.

Los hombres espirituales saben que toda la humanidad viene de un par. Y saben que todos los que ahora viven se pueden dividir en dos familias, tan diferentes como la noche y el día. Ellos saben que hay dos familias ahora. Ellos creen que estas dos familias han existido desde el principio del tiempo. Una familia es sucia y obscena. La otra familia es tan limpia como el cristal ante los ojos de Dios.

Desde el comienzo de la creación siempre ha habido esas dos distintas familias – Abel ofreciendo su sacrificio aceptable, y en el mismo campo Caín feroz y sanguinario; Enoc que caminó con Dios, y Lamec que caminó en el pecado; Noé y su familia que encontraron gracia ante los ojos de Dios, y el mundo de los impíos que perecieron en el gran Diluvio; Abraham que adoraba a Dios, y los habitantes de Sodoma que vivían en la avaricia y la lujuria; Israel, el pueblo de Dios, y sus amos Egipcios que adoraban dioses de madera y de piedra.  Cuando Israel estaba en la tierra prometida había los que adoraban a Baal, y los que adoraban a Jehová; y en cautividad de Babilonia habia Mardoqueo el Judío piadoso, y el malvado Amán tramando para acabar con su vida; en el tiempo de Jesús hubo quienes creyeron en Él y lo siguieron, y hubo quienes gritaron: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” Y así es hoy. Tienes a los Cristianos santos e inofensivos por un lado, y los asesinos, Musulmanes, llenos de odio, y los ateos Estadounidenses por el otro. ¡Siempre hay dos grupos en los ojos de Dios!

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46).

Los malvados y los justos nunca se mezclan. Siempre son distintos – distintos como si uno fuera la descendencia de Satanás, y el otro de la descendencia de Dios – los injustos y los justos. Así es esta noche. ¡Así es con las personas que están sentadas frente a mí ahora mismo! Si el rapto ocurriera en este momento:

“El uno será tomado, y el otro será dejado” (Mateo 24:40).

Esto no quiere decir que Dios siempre protege a Su pueblo, o siempre castiga a los malos en esta vida. Si un terremoto viene, no va a discriminar entre las casas de los Cristianos y de las casas de los impíos. Si los Musulmanes hacen estallar una bomba, van a explotar las casas del pueblo de Dios, así como las casas de los que pertenecen a Satanás. A veces hasta parece que Dios actúa de manera más favorable hacia los impíos que los justos. El Salmista dijo

“En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, Viendo la prosperidad de los impíos” (Salmo 73:2-3).

Los perros lamían las llagas de Lázaro, aunque sus oraciones habían sido escuchadas por Dios – mientras que el hombre rico se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez, a pesar de que la ira de Dios le esperaba. No, la división que Dios hace entre el justo y el malo no cambia necesariamente lo que le sucede a ellos en este mundo.

La salud y el éxito en los negocios de una persona no significan que Dios lo bendice. Problemas o enfermedades de otro hombre no son señales de que Dios lo está castigando. Él puede estar muy enfermo – y tener unos hijos muy malos – y sin embargo ser un buen Cristiano. Él puede ser muy rico y próspero, y ser extremadamente malvado. En estos asuntos Dios no ha discriminado. Dios no ha hecho ninguna distinción.

Pero en otros asuntos Dios ha discriminado eternamente entre los malvados y los justos. Nuestro texto nos dice que esta distinción va a durar toda la eternidad.

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”
       (Mateo 25:46).

El castigo de los impíos y la vida Celestial de los justos, serán eternos. Jesús Mismo dijo que ambos serían “eternos”. Nota varias cosas sobre esta discriminación eterna que Dios tiene hacia los impíos.

Primero, Dios ha hecho distinción eterna entre el justo y el malo en el libro de la vida. La Biblia dice que los justos son aquellos “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3). Apocalipsis 13:8 dice que los malvados son aquellos “cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida...desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Los impíos no tienen sus nombres escritos en el libro de Dios. No los escribió allí al principio del mundo. Dios no los eligió para salvación. El nombre del Cristiano está escrito en el libro de la vida de Dios. Él fue elegido por Dios antes de la fundación del mundo. Desde la eternidad pasada su nombre fue grabado por Jesús en el libro de la vida de Dios. ¡Los malos pueden reírse de los Cristianos ahora, pero llegará el día cuando sea el turno de que los Cristianos tengan compasión del impío – porque han elegido los placeres pasajeros de este mundo, mientras que los Cristianos han escogido lo que va a durar toda la eternidad!

Entonces, también, Dios ha hecho una distinción eterna entre los que son perdidos y los que son salvos en las dos ordenanzas de la iglesia local. Estas dos ordenanzas son el bautismo y la Cena del Señor. La ordenanza del bautismo es para los que son salvos, y sólo para ellos. Anteriormente bautizábamos a todos de inmediato, al dar su profesión de fe. Pero más tarde nos enteramos de que muchos de ellos mintieron cuando dieron un testimonio de haber confiado en Jesús. Poco después de ser bautizados se fueron de la iglesia y regresaron al mundo. Así que ahora esperamos antes de bautizar a nadie. Eso es lo que muchos misioneros extranjeros hacen también, y por la misma razón. Por lo tanto, el bautismo sólo se da para los salvos.

Del mismo modo, la Cena del Señor discrimina entre los salvos y los perdidos. La Cena del Señor es sólo para los salvos. Los que no son convertidos son claramente advertidos de no participar de ella. La Escritura dice:

“De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor…Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (I Corintios 11:27, 29, 30).

Si te atreves a ser bautizado, o si te atreves a tomar la Cena del Señor, si tu pastor escucha a tu testimonio y dice que tú en verdad estas salvo, entonces ven a la pila del bautismo o la mesa de la comunión. Dios te ha invitado a venir. Pero Él le ha prohibido a los no salvos hacerlo. Así hay una distinción entre los salvos y los perdidos en las dos ordenanzas – el bautismo y la Cena del Señor.

Por otra parte, Dios hace una distinción entre los salvos y los perdidos en los tratos secretos de su providencia. Dije antes que Dios no hace distinción exterior entre los justos y los injustos. Pero ahora digo que hace una diferencia interna secreta. Las relaciones de providencia pueden parecer lo mismo exteriormente, pero no son así interiormente. Cuando el auto del Cristiano es destruido hay una bendición en eso. Pero cuando el auto del pecador es destruido hay una maldición en eso. Si las cosas le van mal al no creyente él siente el aguijón de la maldición de Dios. Pero si la desgracia cae sobre un Cristiano, él todavía puede decir: “¡Yo sé que mi Redentor vive! ¡Alabado sea el Señor!” Cuando los problemas llegan al Cristiano, él sabe que Dios lo está corrigiendo, y enseñándole, y usando sus problemas para hacer de él un Cristiano fuerte y mejor. Pero cuando el mal cae sobre el no creyente él siente el juicio de Dios – un anticipo del juicio eterno, y la falta de esperanza de una vida sin Dios. Así que aún en Su providencia, Dios distingue entre el justo y el malo.

Pero estas son pequeñas diferencias en comparación con los que tenemos por delante. La gran diferencia entre los salvos y los perdidos aún está por venir.

Hay una diferencia real en la forma en que la gente muere. Sé que casi todo el mundo está sedado con drogas en sus lechos de muerte hoy en día. Antes del descubrimiento del éter, antes de la Guerra Civil, las personas perdidas gritaban y gemían en su lecho de muerte. No puedes leer acerca de la muerte de gente como Tom Paine o Voltaire, y muchos otros, sin ver qué terrible ha sido para los ateos cuando se enfrentan a Dios en su momento de muerte. Los dolores de una mujer dando a luz no son nada en comparación con los gritos de los malvados en las garras de la muerte.

Por otra parte, la muerte de los Cristianos son siempre más fáciles, y a menudo bastante triunfantes. John Owen acababa de terminar de escribir su libro sobre La Gloria de Cristo [The Glory of Christ]. Dejó las páginas a un lado en su cama y dijo: “¡Ah! ¡Guárdenlas! Ya no escribiré. Ahora estoy a punto de ver yo mismo la gloria de Cristo – y coronarle Señor de todo”.

No todos los pecadores impíos mueren en el dolor y el miedo. Y no todo Cristiano muere regocijándose como el buen Dr. Owen. Pero la reacción de sus familias cuenta la historia cada vez. Los familiares de los hombres y mujeres perdidoso son inconsolables. He visto a un hombre fuerte levantar un cadáver de un ataúd en sus brazos y lamentarse como un hombre torturado sobre el cadáver de su amigo no Cristiano. He visto a una mujer amenazando tirarse a la tumba abierta de su madre perdida. Se necesitaron tres hombres fuertes para evitar que ella lo hiciera. He visto y oído cosas terribles como eso en los funerales de los que están perdidos. Pero siempre hay una dulzura en el funeral de un Cristiano, nunca la cruda desesperanza que se siente por la muerte de un pecador perdido.

¡Piensa ahora! ¡Piensa ahora! Si murieras esta noche, ¿tendrías un funeral Cristiano – o tu madre y otras personas gemirían y llorarían sabiendo que has ido a una tumba sin Cristo? Si tienes amor por tu madre y otras personas en tu familia, debería llevarte a Cristo ya – ¡si no por otra razón de no darle a tus seres queridos tal agonía!

Pero debo terminar dando el texto una vez más.

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”
       (Mateo 25:46).

Cuando tu ataúd ha bajado en la tierra y sido cubierto de césped, cuando la última oración se haya dicho, y todos tus amigos se hayan ido a casa, no serás dejado allí en el cementerio, bajo seis pies de tierra. ¡Oh, no! ¡Tú no estarás allí! Tú estarás gritando en el castigo eterno – en el fuego que no puede ser apagado – o estarás en la ciudad celestial, ¡regocijándote con Jesús y todos los santos ángeles! Cantarás con los justos o gritarás con los impíos el día que te entierren. ¿Cuál será para ti?

¡Te exhorto a que te lances a la misericordia de Jesús si estás perdido esta noche! Arrójate sobre Jesús, porque Él dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Él derramó Su Sangre en la Cruz para limpiarte de todo pecado. Él se levantó de entre los muertos para darte vida eterna. ¡Ven a Jesús ahora y que Él te salve por todo el tiempo y por toda la eternidad!

Por favor deja tu asiento y camina hacia la parte de atrás del auditorio si quieres que te aconsejemos y oraremos contigo para confiar en Jesús y ser salvo por Él. Ve ahora mismo. Dr. Chan, por favor ore para que alguien sea salvo esta noche. Amén.

(FIN DEL SERMÓN)
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La Escritura Leída Antes del Sermón por el Sr. Abel Prudhomme: Lucas 16:19-24.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“What Will You Say Then?” (por Dr. John R. Rice, 1895-1980)/
“Eternity” (por Elisha A. Hoffman, 1839-1929).