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EL REY QUE VIENE

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

Un sermón predicado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles
La Mañana del Día del Señor, 4 de Agosto, 2013

“Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37).


Este sermón es una versión editada y abreviada de uno predicado por el Dr. W. A. Criswell, que era el pastor estimado y el pastor emeritus de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, Texas por cincuenta y siete años, desde 1944 hasta su muerte, en Enero del 2002, a la edad de 92 años. Sus sermones eran electrizantes. Mi corazón se emocionaba cada vez que le oía predicar. Yo considero que él fue uno de los tres más grandes predicadores de la segunda mitad del siglo veinte. Y traigo a ustedes esta mañana una versión editada del gran sermón del Dr. Criswell, “El Rey Que Viene”. Por favor volteen sus Biblias a Juan 18:37, y pónganse de pie para leer la Palabra de Dios.

“Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37).

Pueden sentarse.

Cristo está de pie ante el gobernador Romano, Poncio Pilato. Él es una figura despreciada. Una corona de espinas ha sido empujada hacia abajo sobre Su cabeza, derramando Sangre por Su rostro. Su espalda había sido ensangrentada por los azotes de las legiones Romanas. Con incredulidad en su voz, Pilato dice: “¿Eres tú rey?” Jesús responde de la manera más enfática que la lengua Griega puede expresarlo, para repetir la pregunta. “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo” (Juan 18:37). ¡Jesús es el Salvador, el Mesías y el Rey!

En un pacto incondicional, el Señor Dios le prometió la tierra de Palestina a Abraham y la simiente de Israel para siempre. Leemos en el Salmo 105:

“Se acordó para siempre de su pacto; De la palabra que mandó para mil generaciones, La cual concertó con Abraham, Y de su juramento a Isaac. La estableció a Jacob por decreto, A Israel por pacto sempiterno, Diciendo: A ti te daré la tierra de Canaán, como porción de vuestra heredad” (Salmo 105:8-11).

El resto del mundo pertenece a todas las otras naciones, y la tierra de Canaán, la tierra de Palestina, pertenece a la descendencia de Israel, pertenece al pueblo Judío. Dios se lo prometió a Abraham, a Isaac y a Jacob por un pacto incondicional para siempre.

El mismo Señor Dios le dijo a David que iba a tener un hijo que se sentaría en su trono para siempre, por todos los siglos. El Señor Dios le dijo a David:

“Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino…Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (II Samuel 7:12, 16).

El mismo Señor Dios que prometió a Abraham, Isaac y Jacob que heredarían para siempre la tierra de Canaán es el mismo Señor Dios que prometió a David que él tendría un hijo que reinaría sobre Israel para siempre. Ese rey que viene sería de la simiente y el linaje de su antepasado David. El profeta Isaías describió ese poderoso, rey venidero, el Hijo de David,

“Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos… Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Isaías 9:1-2, 6-7).

Setecientos cincuenta años después de esa profecía, el ángel Gabriel se le apareció a una chica Judía virgen llamada María. El ángel le dijo que ella sería la madre de aquel predicho, pre-ordenado Niño, el Rey venidero, el Hijo de David. El ángel le dijo:

“Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:31-35).

Nueve meses después nació el niño. Ante los pastores asustados, en un campo cercano, un coro de ángeles apareció y cantó: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14). ¡El Rey prometido del pacto había llegado finalmente!

En el año decimoquinto de Tiberio César, a los treinta años de edad, Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el Río Jordán. A través de Su madre María, Él era descendiente de David a través de la línea de Natán. Por medio de José, el esposo de María, era descendiente de David a través de la línea de Salomón. ¡Tanto por el derecho legal y por la herencia de sangre Jesús era el Rey prometido!

Después de un día, a la hora exacta anunciada por Gabriel al profeta Daniel, en la forma exacta profetizada por Zacarías, el Señor Jesucristo vino a Jerusalén, humilde y cabalgando sobre un asno, para presentarse a sí Mismo como el Rey del pacto, el Príncipe de Paz. Al entrar en la ciudad santa de Jerusalén, el pueblo gritó: “¡Gloria en las alturas! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Gloria al Hijo de David!” Cuando los escribas y Fariseos trataron de impedir que la gente gritara, Jesús les dijo: “Si éstos callaran, las piedras clamarían” (Lucas 19:40).

Fue el gran día del pacto en la vida del pueblo elegido de Dios. Fue el gran momento de consumación de toda la historia. El Rey del pacto había llegado, Jesús, Rey de los Judíos. Pero hay más.

I. Primero, Él es un Rey rechazado.

Jesús compareció en el estrado del Sanedrín, el tribunal supremo de Israel. Ante Él se para el sumo sacerdote que preside el Sanedrín. El sumo sacerdote le dice al Señor:

“Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:63-64).

Cuando el Señor dijo eso, el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y se volvió al Sanedrín y dijo: “Habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?” Ellos dijeron: “¡Crucifícale, crucifícale!

En esos tiempos el castigo de la pena capital le había sido quitado al Sanedrín, y dado al procurador Romano. Entonces, los Judíos, llevaron al Señor Jesús a Poncio Pilato y lo acusaron de rebelión y traición, diciendo: “Él dice que es un rey”. El Señor Jesús estaba de pie ahí, tan humilde, tan paciente, tan callado. Pilato dijo: “¿Él? ¿Un rey?” “Sí, él dice que es Cristo, un Rey. Él es culpable de traición y de sedición”. Pilato dijo: “Le soltaré, después de castigarle”.

Así que los soldados Romanos le azotaron, y menospreciando a ambos los Judíos y a este humilde Nazareno, le coronaron con espinas, le pusieron un manto de purpura sobre Su hombro, le pusieron una caña en Su mano como cetro, y burlándose hincaron la rodilla, diciendo: “Salve, rey de los Judíos”.

Pilato Lo vio sangriento del terrible azote, una figura ridícula con una corona de espinas y un manto sucio, feo, lo llevó afuera a la gente y dijo: “¡He aquí vuestro Rey!” Respondieron: “No tenemos más rey que César. ¡Crucifícale!”

Por miedo, Poncio Pilato lo entregó a los soldados quienes lo llevaron al Calvario y lo crucificaron, clavándole a una cruz. Pero sobre Su cabeza Pilato escribió la acusación: “Este es Jesús, el Rey”. Los Fariseos dijeron: “No escribas: Este es Jesús el Rey’. Sino, “Este es Jesús [que] dijo que es Rey”. Respondió Pilato: “Lo que he escrito, he escrito”. Jesús fue crucificado como un Rey, y Él murió como un Rey – un Rey rechazado. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

II. Segundo, Él es un Rey exiliado.

Cuando Jesús murió en la cruz, ¡Satanás debe haberse alegrado! Parece que podemos escuchar a Satanás gritando a través de las bocas de los escribas y Fariseos:

“A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz” (Mateo 27:42).

Puedo oír a Satanás regocijándose por medio del escriba, del Fariseo y del Saduceo, cuando marchan de arriba hacia abajo delante de Jesús mientras Él muere en la cruz.

Pero Satanás no sabía qué iba a pasar. Era un secreto guardado en el corazón de Dios que habría un interludio, un intermedio, entre Su muerte en la cruz y Su segunda venida como Rey. Habría un intermedio (Paul lo llamó un “musterion”, un misterio en Efesios 3). En ese intermedio estaría la era del Espíritu Santo en la que Dios llamaría de fuera de todo el mundo un pueblo para Él. Se les llamaría “ekklesia”, “los llamados fuera”, en nuestra lengua, “la iglesia”.

El evangelio de la salvación sería predicado a todos los hombres en todas partes. Cada vez que un hombre se volviera a Jesús y creyera, también se añadiría a la iglesia, la familia de Dios. Habría una familia de la fe – con Judíos y Gentiles, Griegos y bárbaros, blancos y negros y amarillos y morenos, hombres y mujeres, cultos e ignorantes, ricos y pobres, todos por igual preciosos a los ojos de Dios, que pertenecen a la redimida familia del Señor, una nueva creación llamada la iglesia, la esposa de Cristo.

Pero ¿qué del reino? ¿No habrá reino? ¿Ha olvidado Dios el reino? Ves, Jesús es la cabeza de la iglesia. Pero Él no es llamado el “rey” de la iglesia. No existe tal texto en el Nuevo Testamento. Jesús es un Rey sobre un reino – ¿pero el reino alguna vez vendrá? ¿Jesús reinará sobre la tierra?

Antes de que Jesús ascendiera al cielo, en Hechos capítulo uno, los Discípulos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6). Ese fue el momento perfecto para que Jesús dijera: “No va a haber ningún reino. Nunca habrá un reino”. Pero Jesús no les dijo eso a ellos. En cambio dijo: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad… [pero] me seréis testigos…hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:7, 8). Él les dijo que fueran a ganar almas, llenaran la iglesia, reunieran a los redimidos. El reino vendrá, pero en el futuro. ¡Algún día glorioso el reino vendrá!

III. Tercero, Él es un Rey que viene.

Jesús viene en dos maneras. Él viene primero como ladrón en la noche. Él viene segundo como un rayo que parte el cielo y brilla del este al oeste. Así el Señor Jesús vendrá en la el Señor Jesús vino en la parusía, la apokalupsis, la gran revelación del Rey reinante.

Primero, Él viene como ladrón en la noche. Él viene sin ser anunciado, de repente, en silencio, secretamente. Él viene como ladrón a robarse Sus joyas. Él viene como un ladrón a raptar a Su pueblo. Todos seremos transformados. Los que vivamos, los que hayamos quedado, cuando Él venga, seremos arrebatados para recibir al Señor en el aire.

Los que hayan muerto siendo Cristianos resucitarán primero. La trompeta sonará y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego todos los Cristianos vivientes serán arrebatados para recibir al Señor en el aire. Seremos alzados, y seremos transformados. Seremos arrebatados para recibir a Jesús en el aire. Así como fue en los días de Enoc, de repente él se fue. Como fue en los días de Elías, Dios lo tomó en un torbellino. Como fue en los días de Lot y el ángel lo llevó fuera antes de que cayeran los juicios de Dios sobre la tierra. Así vendrá Jesús, furtivamente, secretamente, como ladrón en la noche, para arrebatar a Su pueblo antes de los juicios de la Gran Tribulación.

Luego, Él vendrá abiertamente, y todo ojo le verá, la parusía y la apokalupsis. Así como el relámpago brilla por todos los cielos, así la gloria y la presencia de Jesús serán vistas. El texto del apocalipsis de la revelación es Apocalipsis 1:7, “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá”.

El Señor Jesucristo viene con Su pueblo, descendiendo del Cielo. Él viene en la gloria de Dios como el Dios el Hijo, y el Hijo de Dios. ¡Él viene en Su propia gloria como el Hijo de Abraham, como el Hijo de David, como el Hijo del Hombre, como el Hijo de Dios!

Él viene como el Rey de los Judíos. Él viene como el Rey de las naciones. Él viene como Rey de Reyes. Él viene como el Señor, el Pantokrator, el Dios Todopoderoso, la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Él viene como el re-Creador y el restaurador de la tierra. Él viene para ser Señor y Rey sobre toda la creación.

Entonces tomarán lugar todos los dichos de los profetas como Miqueas:

“Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (Miqueas 4:3).

El Príncipe de Paz vendrá. Entonces se llevará a cabo la bella profecía de Isaías:

“Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:6-9).

La idea de la Segunda Venida de Jesús tiene dos respuestas en el corazón humano. Una es terror. Si tu corazón está en el mundo, y tu vida es dada a la vanidad y al pecado, la idea de que Jesús viene es atemorizante, como se ha descrito en el sexto capítulo de Apocalipsis:

“Y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apocalipsis 6:16-17).

Para los que rechazan a Jesús y viven en pecado, la venida de Jesús es un terror. Pero para aquellos que son salvos, el pensamiento del aparecimiento de nuestro Salvador es de todas las cosas amada, y dulce y preciosa. Como el santo Apóstol Juan dijo al cierre del Libro de Apocalipsis, “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).

Será al mediodía, o será en la tarde,
O tal vez será que la noche profunda
Explotará en luz por su brillante gloria,
Cuando tome a “los Suyos” Jesús.

Mientras Hosanna cantan las huestes, desciende,
Con los santos y ángeles atendiendo,
Con gracia en su faz, como un halo de gloria,
Tomará a “los Suyos” Jesús.

¡Oh, gozo, feliz! Que sin morir vayamos,
Sin enfermedad, ni temor y sin llanto,
Arrebatados con Jesús en las nubes,
Cuando toma a “los Suyos” Jesús.

Cuanto tiempo será, Jesús
Hasta que cantemos,
¡Cristo vuelve! ¡Aleluya!
¡Aleluya! Amen. ¡Aleluya! Amen.
   (Traducción de “Christ Returneth” por H. L. Turner, 1878).

¡Bienvenido Rey, Señor, Salvador, el bendito Jesús!

(FIN DEL SERMÓN)
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Puedes enviar en correo electronico al Dr. Hymers en Ingles a rlhymersjr@sbcglobal.net – o
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Llamale por telefono a (818)352-0452.

La Escritura Leída Antes del Sermón por el Sr. Abel Prudhomme: Isaías 9:1-2, 6-7.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“Christ Returneth” (por H. L. Turner, 1878).


EL BOSQUEJO DE

EL REY QUE VIENE

por Dr. R. L. Hymers, Jr.

“Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37).

(Salmo 105:8-11; II Samuel 7:12, 16; Isaías 9:1-2, 6-7;
Lucas 1:31-35; 2:14; 19:40)

I.   Primero, Él es un Rey rechazado, Mateo 26:63-64; John 1:11.

II.  Segundo, Él es un Rey exiliado, Mateo 27:42; Hechos 1:6, 7, 8.

III. Tercero, Él es un Rey que viene, Apocalipsis 1:7; Miqueas 4:3;
Isaías 11:6-9; Apocalipsis 6:16-17; 22:20.