LA CONVICCIÓN Y LA CONVERSIÓN AHORA -
O LA CONCIENCIA ATORMENTADA PARA SIEMPRE

por Dr. Robert Hymers

Un sermón predicado en la noche del Día del Señor, 15 de Enero de 2006
en el Tabernáculo Bautista de Los Angeles

“Mi pecado está siempre delante de mi” (Salmo 51:3).


Cuando David estuvo en un estado convicto, su pecado estaba siempre delante de él. Aun había una manera de que sus pecados fuesen perdonados porque todavía estaba vivo en este mundo. Todavía le era posible ser perdonado. Nota que en este Salmo David confesó dos aspectos de su pecado.


1. Primero, él estaba convicto del pecado que había cometido. Él dijo en el verso 4: “Contra tí, contra tí solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). Él demostró que sentía culpa por los pecados que había cometido.

2. Segundo, en el verso 5 él llegó hasta la raíz del asunto: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). En la segunda parte de su confesión demuestra que sentía la culpa de su pecado heredado, el cual le había pasado Adán, su primer padre. Él se sintió impío e inmundo por el pecado inherente con el que había nacido.


Los predicadores del Primer Gran Despertamiento, George Whitefield en particular, apuntaba a los pecadores en su predicación hasta que ellos se hacían responsables y admitían su pecados. Pero Whitefield, el evangelista más grande de aquel tiempo, fue más allá. Él punzaba sus conciencias respecto a la naturaleza pecaminosa heredada, el estado natural de pecado en el que nacieron, y en el cual habían vivido toda su vida. Whitefield dijo a menudo que el hombre que no siente terror por su naturaleza pecaminosa heredada no puede tener una verdadera conversión en Cristo. Él puso tanto énfasis en ese punto de tal modo que mucha de la gente en sus servicios venía bajo la convicción profunda de que era culpable en Adán, que eran corruptos y desafiantes hacia Dios. Eran tan corruptos y desafiantes por naturaleza, por nacimiento, que si no cometían un solo pecado físico, aun eran condenados al Infierno, porque sus naturalezas mismas eran pecaminosas.

¿Has sentido tú alguna vez algo de eso? ¿Has sentido alguna vez que tu mismo ser interno está arruinado, rebelde y pecaminoso ante los ojos que Dios que lo ven todo? ¿Has sentido alguna vez que fuiste formado en iniquidad, y que naciste en pecado?

El resultado de la convicción del Espíritu Santo debe avergonzarte profundamente y hacerte culpable de los pecados que has cometido. Además, la obra de convencer del Espíritu Santo debe hacerte consiente de que por naturaleza eres pecador, de nacimiento, que tienes una reacción pecaminosa inherente a través de la vida hacia Dios, haciendo imposible complacerlo en la carne, porque eres un pecador por la naturaleza heredada:

“Por cuanto la mente carnal [inconversa] es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7).

Cuando una persona se ve a sí misma de este modo, esclavizada por el pecado innato, privada de bondad natural por su propio ser maldecido por el pecado, él clamará a Dios:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Los pecados personales que ha cometido también lo cargarán con una terrible carga de culpa por sus pecados, y será cargado y aplastado por su innata naturaleza pecaminosa inherente, que lo han doblegado y arruinado de modo que no se puede escapar del pecado dentro de su propio corazón y mente. Entonces él dirá:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

La primera obra del Espíritu Santo es reprobar y convencerte así. Respecto a la obra del Espíritu Santo, Jesús dijo:

“Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado” (Juan 16:8).

Es absolutamente cierto que esta obra del Espíritu tiene que ocurrir dentro de ti para que seas convertido. Tienes que ser reprobado interiormente, convencido por Dios de que eres un pecador por naturaleza así como también por tus acciones. Bajo esta obra del Espíritu Santo empezarás a sentir lo que David sintió cuando dijo:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Si tú deseas ser verdaderamente convertido, tienes que permanecer en ese pensamiento, más o menos, hasta que halles alivio en Cristo Jesús. Tienes que cuidarte de no apagar al Espíritu (I Tesalonicenses 5:19). “Apaguéis” en este verso se refiere a apagar una llama. Si el Espíritu Santo enciende la llama de convicción en tu corazón, debes tener mucho cuidado de no apagarla.

“No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías”
     (I Tesalonicenses 5:19-20).

No apagues el fuego de la convicción. No desprecies las profecías, las cosas que escuchas desde el púlpito.

Tú sí puedes apagar al Espíritu al excusarte por tu pecado. Tú puedes culpar a alguien más. Te puedes comparar a alguien más, y pensar “yo no soy peor que él”. Eso apaga la llama, y apaga el fuego de la convicción en tu corazón. Tú puedes descuidarte de aplicar los sermones a ti mismo, y pensar: “Está bien que ellos escuchen, pero yo no necesito prestar atención”. Esto también apaga el fuego de la convicción y te lleva más lejos de la verdadera salvación en Cristo. Tú puedes tener el sentimiento de convicción, pero lo sacas de tu mente a propósito al pensar sobre algo más placentero cuando acaba el servicio. Así, cuando llega el siguiente sermón no has ganado nada. Los sentimientos de culpa que tuviste en el último sermón han sido apagados, y se ha apagado el fuego en tu corazón.

“Y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven” (Lucas 8:12).

Tú debes tener mucho cuidado o esto te sucederá. El Diablo está siempre listo para quitar de tu corazón las palabras de convicción del ultimo sermón. Si cada sermón se toma como unidad separada, será más fácil para Satanás “quitar la palabra” de tu corazón. Cada sermón debe convencerte más y más de que eres depravado, un hijo Adán, de que estás “bajo pecado” (Romanos 3:9), y de que en verdad has cometido muchos pecados ante los ojos y el conocimiento de Dios. Cada sermón debe llevarte más y más profundamente a estar consiente de tu pecado, hasta que puedas decir con David:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Cada conversión es diferente porque cada ser humano tiene una distinta personalidad. No todos somos exactamente iguales. Algunos, como mi esposa, pueden ser convertidos rápidamente después de un corto período de convicción, quizá solo unos cuantos minutos. Otros, como el Dr. Cagan, nuestro diácono, siguen en un estado convicto por mucho tiempo. John Bunyan, nuestro gran padre Bautista, pasó 18 meses bajo un estado pesado de convicción, casi enloquecedor, hasta que halló alivio en Jesús.

También el grado de convicción puede variar. Algunos, como una persona que yo conozco, pasan un largo período de lo que hoy llaman “depresión”. Por supuesto que no era realmente “depresión”. En realidad era la convicción del Espíritu Santo de Dios. Esta persona no podía salir de ese estado convicto hasta que se volvió a Cristo para justificación y limpieza.

¿Quién puede poner en duda que Nicodemo atravesó por esa batalla interna por varios meses? Él vino de noche a hablar con Cristo, probablemente por miedo de que otros lo vieran ir. Él admitió que Cristo era un gran “maestro que viene de Dios” (Juan 3:2). Pero Jesús señaló:

“Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7).

No hay ninguna evidencia de que fue convertido esa noche. Pero es obvio que las palabras que Cristo le habló le mordían el corazón. Según las cuentas de Ussher, en el margen central de arriba de cada página en la Biblia de Estudio de Scofield, Nicodemo todavía batallaba con la cuestión de su salvación aproximadamente dos años después. En 30 D.C. Cristo le dijo: “Os es necesario nacer de nuevo”. Pero él se fue pensando sobre ello. Dos años después en 32 D.C. él defendió abiertamente a Cristo por primera vez. Él le habló a los fariseos esa vez.

“Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” (Juan 7:50-51).

Los fariseos lo criticaron insinuando que era seguidor de Jesús. Pero Nicodemo guardaba silencio cuando le dijeron eso. Él todavía no había tomado una posición abierta por Cristo. Todavía estaba perdido, batallando con la convicción y los pensamientos sobre Cristo. Esto se hace obvio al leer Juan 3 y Juan 7:40-53. Luego vemos a Nicodemo un año después (33 D.C.) llevando mirra y ungüentos para la sepultura del cuerpo muerto de Jesús (Juan 19:39). Es obvio que todavía no estaba salvo porque esta acción demuestra que no tenía fe en la promesa de Cristo, que Él resucitaría de los muertos. Pero muestra que le tenía un gran cariño a Cristo, y que había estado pensando en Cristo y en su necesidad de salvación por como tres años. Esta acción también implica que él finalmente fue convertido corto tiempo después. La primera tradición Cristiana pone a Nicodemo con los primeros Cristianos, y creo que es correcto, y que se implica en la Escritura, si no el Apóstol Juan no hubiera registrado sus acciones en buena luz en la tumba de Cristo.

¿Hay alguien aquí esta noche que ha batallado de un lado al otro respecto a la salvación por largo tiempo? ¿Has sido convencido de tu necesidad de la conversión? ¿Has resistido la obra completa del Espíritu de Dios para despertarte a tu pecado? ¿Dejarás que el Espíritu de Dios te arrastre esta noche y te lleve cara a cara con la terrible verdad de que no estás salvo, de que has resistido a Jesús, de que eres un pecador con una profunda necesidad del Salvador? ¿Se puede decir:

“Mi pecado está siempre delante de mí” de ti esta noche?
     (Salmo 51:3).

O, quizá hay alguien aquí esta noche que será convertido en un período mucho más corto de lo que fue Nicodemo. El carcelero Filipense solamente oyó unos cuantos himnos y oraciones de Pablo y Silas, encadenados en la prisión. Pero esos poco himnos y oraciones le dieron tal convicción por dentro que cuando llegó el terremoto, él corrió a dentro de la prisión,

“Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:29-30).

Aunque en el caso del carcelero la convicción duró solo unos cuantos minutos, fue profunda e intensa. En esos pocos minutos sin duda él pudo haber dicho palabras como las de David:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Ya sea que la convicción que tienes dure corto o largo tiempo, ya sea profunda o una breve punzada al corazón, como la sintieron los hombres en Pentecostés (Hechos 2:37), es vitalmente necesario que seas profundamente convencido de pecado o no verás el valor de la muerte de Jesús para pagar por tus pecados en la Cruz, y no verás el valor de Su Sangre para limpiarte del pecado. El Evangelio de Cristo te parecerá como palabras vacías hasta que sientas como David sintió:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Y ahora, un pensamiento final. Si no eres traído bajo un sentido de convicción en esta vida, seguramente lo serás en la próxima. Te aseguro que en el Infierno dirás:

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

En el Infierno serás sobre vencido por un sentido de culpa a través de la eternidad. Por los siglos tus pensamientos serán:

“Mi pecado está siempre delante de mí,”
“Mi pecado está siempre delante de mí.”
“Mi pecado está siempre delante de mi.”

Pero esta convicción será puramente legal y no te llevará a la salvación. Porque el perdón a través del sacrificio y la Sangre de Cristo ya no estará disponible para ti en el Infierno

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Seguirás para siempre bajo la culpa infinita, convencido de tu pecado - pero eternamente incapaz de tener esos pecados perdonados y limpiados por Cristo Jesús. Porque entonces ya estarás tan reprobado como Satanás y sus ángeles.

El hombre rico en Lucas 16 no pidió perdón ni ser limpiado ni siquiera una vez. Lo más que pidió fue una gota de agua para

“refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16:24).

Él no pidió perdón en Cristo, porque él sabía que había esperado demasiado y que la salvación ya no estaba disponible para él.

Si esta noche sientes,

“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

has de venir a Cristo ahora el asunto más importante de tu vida, y ser lavado, limpio de tus pecados por Su Sangre preciosa. No esperes. Esfuerzate a entrar al reino. La Biblia dice:

“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (II Corintios 6:2).

Ahora es el tiempo aceptable para que los pecadores de conciencia herida vengan a Jesucristo para el perdón y la limpieza del pecado. Tú tienes que experimentar la convicción y la conversión ahora, o tendrás una conciencia atormentada para siempre.

(FIN DEL SERMÓN)
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La Escritura Leída por el Dr. Kreighton L. Chan antes del sermón: Salmo 51:1-7.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith antes del sermón:
“Las Heridas de Cristo” (“The Wounds of Christ,”
por Evangeline Booth, 1865-1950).


EL BOSQUEJO DE

LA CONVICCIÓN Y LA CONVERSIÓN AHORA -
O LA CONCIENCIA ATORMENTADA PARA SIEMPRE

por Dr. Robert Hymers


“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

(Salmo 51:4-5; Romanos 8:7; Juan 16:8; I Tesalonicenses 5:19-20;
Lucas 8:12; Romanos 3:9; Juan 3:2, 7; Juan 7:50-51; 19:39;
Hechos 16:29-30; 2:37; Hebreos 9:27; Lucas 16:24; II Corintios 6:2)